Los rumores de la muerte del deseo son exagerados y se sostienen en que su desplazamiento se interpreta como declive. Sin embargo, la sospecha de que la inmediatez tecnológica arruina el amor no nació con las redes sociales. Según recortes históricos recopilados por el proyecto Pessimists Archive, en 1897 un lector escribió al New York Sun para preguntar si era posible expresar afecto en un aparato “tan frío y formal” como la máquina de escribir; la respuesta del diario admitió que, sin el aura sentimental de la tinta en el papel, esta nueva tecnología “fracasaría completamente” en transmitir emociones. Años después, en 1913, según el archivo histórico del New York Times, el diario recogió críticas a la telefonía por trivializar la sociabilidad y erosionar las formas tradicionales de cortejo, hasta el punto de convertir la escritura de cartas de amor —ritual central de la seducción en el siglo XIX— en una “necesidad despreciada”, reflejando la ansiedad cultural ante la nueva tecnología.
Hoy la intimidad ha cambiado sus maneras: tiende a ser granular, como un hilo de goteo, pero oculta intensidades que no podemos pasar por alto. Un estudio longitudinal dirigido por el psicólogo Samuel E. Ehrenreich y publicado en 2020 en Journal of Research on Adolescence encontró que adolescentes con pareja intercambian entre 67 y 109 mensajes diarios. Esto equivale a entre 700 y 800 palabras al día, que son tres páginas académicas a doble espacio, o página y media a espacio sencillo. Esto supone que el vínculo afectivo ocupa un lugar importante, constante y distribuido a lo largo de la jornada. El deseo no se ausentó: se transformó en pulsos. Ya no se escriben cartas en cursiva: se textea, se añaden stickers, se envían audios, chistes, selfies, imágenes…
Quienes matan el deseo no se dan cuenta de que ha cambiado de infraestructura. Antes, por ejemplo, el recuerdo de un amor se sostenía en memorias internas —inevitablemente parciales— que el sujeto completaba con imaginación y proyección afectiva, apoyado en objetos escasos, como cartas o fotografías impresas. Esa limitación hacía que el deseo se alimentara de una mezcla de recuerdo e invención: la memoria era evocación, no verificación, y el deseo dependía precisamente de esa fragilidad. Con la digitalización, ese soporte se transformó. Como explica José van Dijck en Digital Photography: Communication, Identity, Memory (2008), la memoria no desaparece en el entorno digital, sino que se vuelve distribuida, circulante y permanentemente accesible. Las imágenes ya no reposan en un álbum privado: se almacenan en múltiples plataformas, se replican en la nube, se integran en hilos de conversación que pueden reabrirse años después. Recordar deja de ser solo traer a la memoria y pasa a ser consultar. Esto altera la dinámica del deseo: la distancia ya no garantiza atenuación, porque el archivo está siempre a un clic de distancia. Estudios sobre rupturas digitales muestran que las “posesiones digitales” —fotos, chats, publicaciones compartidas— se convierten en detonantes persistentes del recuerdo, dificultando el cierre emocional (Sas & Whittaker, Design for Forgetting: Disposing of Digital Possessions After a Breakup, 2013). El archivo digital no solo conserva el pasado: lo mantiene operativo, disponible para su reactivación constante. Si consideramos lo anterior, ¿es más romántico el amor sostenido por la distancia y la imaginación, o aquel que reaparece cada vez que lo consultamos, como si el tiempo solo lo hubiera puesto en pausa?
En términos de otros afectos, como el deseo de comunidad, en esta época tampoco depende de coincidir físicamente con quienes comparten nuestras pasiones o heridas. La evidencia empírica muestra que millones de personas participan en grupos pequeños y altamente especializados porque ahí encuentran un tipo de reconocimiento difícil de obtener en espacios masivos. Un estudio cualitativo con usuarios de Reddit encontró que las comunidades pequeñas ofrecen beneficios afectivos distintivos —confianza, expertise y una identidad grupal compartida— aun cuando no generen relaciones cara a cara (Hwang y Foote, Why Do People Participate in Small Online Communities?, 2021). Investigaciones a gran escala sobre miles de comunidades en esa misma plataforma muestran además que estos nichos no son marginales, sino parte estructural del ecosistema digital: se especializan, coexisten y prosperan precisamente por su especificidad temática (TeBlunthuis, Niche Dynamics in Complex Online Community Ecosystems, 2025). En paralelo, revisiones sistemáticas sobre apoyo al duelo en línea documentan que foros, grupos cerrados y comunidades en redes sociales funcionan como espacios de validación emocional, construcción de significado y acompañamiento continuo, especialmente para personas que se sienten aisladas en su entorno inmediato (Finucane et al., A rapid review of the evidence for online interventions for bereavement support (2024)). Como se puede ver, no cambia la intensidad afectiva, sino el canal: las emociones circulan por hilos de comentarios, mensajes privados y publicaciones anónimas. Si bien no siempre se traducen en vínculos duraderos, sí producen algo central para la experiencia humana: la sensación de ser comprendido por otros que, aunque estén lejos, comparten la misma frecuencia emocional.
Si algo muestran estos ejemplos es que el deseo no se extinguió: se desplazó. De la carta al chat, del álbum al archivo, de la plaza al foro. Pero desplazarse no es emanciparse: cuando el deseo circula en lo digital, también se vuelve medible, rastreable y susceptible de ser orientado. La cuestión es, entonces: ¿quién lo orienta y con qué fines?