¡El sarampión!
Los padres de Gerardo González del Real, de seis años y originario de Zapopan, pensaron que lo que sufría era solo un resfriado. Luego aparecieron la fiebre, los vómitos y la diarrea, además de tos, cansancio, ojos irritados y un sarpullido “que pica y arde”. Gerardo es parte de las cifras del brote de sarampión en Jalisco, que comenzó en agosto del año pasado en Arandas y que se propagó a la ZMG debido a la migración de jornaleros agrícolas procedentes de zonas con bajas coberturas de vacunación. Durante enero y principios de febrero de 2026 los casos se incrementaron con un total acumulado de al menos 2 mil 193 personas contagiadas.
Lo que vive Gerardo no es un brote excepcional: el sarampión ha acompañado a nuestras sociedades durante más de un milenio. En el siglo X, el médico persa Muhammad al‑Razi describió el sarampión como una enfermedad particular, distinta a otras conocidas hasta entonces. Siglos después, los cronistas de la Nueva España identificaron que, tras la pandemia de viruela de 1520, la segunda gran epidemia ocurrió en 1531 y fue de sarampión (en náhuatl tepitonzáhuatl o “lepra chica”). Más tarde, en la primera mitad del siglo XIX, el sarampión volvió a cobrar protagonismo, con un brote que comenzó hacia 1822 y que alcanzó su punto crítico en 1825, con presencia en Ciudad de México, Puebla, Guadalajara, San Luis Potosí, Querétaro y Veracruz. En cuanto a la capital de Jalisco, las autoridades reportaron más de mil 200 muertes, la mayoría de niños de 0 a 5 años, lo que obligó a organizar cocinas públicas y colectas para apoyar a las familias de las víctimas. Ya en el siglo XX la vacunación masiva permitió reducir drásticamente los casos; no obstante, la última gran epidemia se produjo en 1989, cuando se reportaron 20 mil 381 contagios (tasa de 24.2 por 100 mil), y en 1990 la cifra se disparó a 68 mil 782 casos (82.5 por 100 mil) con 189 brotes y 5 899 defunciones. A nivel global, se calcula que entre 1855 y 2005 el sarampión causó aproximadamente doscientas millones de muertes (Medical Science Monitor, 2024; PMC10946219).
Gerardo permanece aislado en un cuarto con luz tenue. No puede convivir con sus hermanos ni con sus abuelos, que son adultos mayores. Está cansado, aburrido e irritable. Sus padres aseguran que cumplieron con la primera dosis de la vacuna triple viral, pero no con el refuerzo. Esto se debe a que Gerardo nació durante la pandemia de Covid-19, cuando la conversación pública sobre vacunas se volvió un campo de disputa: ante la saturación informativa, la desconfianza institucional y los mensajes alarmistas sin sustento científico, optaron por esperar.
La pandemia de Covid-19 detuvo al mundo, pero parece que olvidamos los aprendizajes que nos propuso. Este olvido no es extraordinario: la experiencia histórica de la influenza de 1918 muestra que una catástrofe demográfica de escala global, pese a su magnitud, no siempre produce una memoria pública duradera ni consolida instituciones sólidas o una cultura estable de prevención. Estudios como los de Nancy K. Bristow han señalado quela influenza ocurrida hace un siglo no generó monumentos, días de recuerdo, ni mitologías nacionales, y quedó relegada a un ámbito de duelo privado. La sociología de la memoria ha conceptualizado este fenómeno como amnesia estructural, es decir, la incapacidad de traducir el trauma colectivo en aprendizaje institucional sostenido.
Este fenómeno encuentra un eco inesperado en la biología del sarampión. Se sabe que esta infección puede producir lo que científicos llaman “amnesia inmunológica”: el virus no solo enferma, sino que borra parte de la memoria inmunitaria acumulada, debilitando la capacidad del organismo para responder a infecciones futuras. Del mismo modo, parece que el COVID-19 no consolidó aprendizajes duraderos; por el contrario, contribuyó a una forma de amnesia estructural. El resultado no fue un sistema más resiliente, sino un entorno vulnerable a la desconfianza, la desinformación y la repetición de errores.
Si la “amnesia inmunológica” describe un fenómeno clínico y la “amnesia estructural” describe un fenómeno social, Gerardo no es una anomalía estadística, sino el punto donde ambas se cruzan. La memoria no solo es recordar, sino desarrollar capacidad de anticipación: cuando el pasado deja de servir para organizar el futuro, las defensas —biológicas y colectivas— se debilitan al mismo tiempo. No todas las amenazas son nuevas; algunas simplemente aprovechan los momentos en que bajamos la guardia.