¿Cuánto cobra?

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

Puebla /

La pregunta que más se repite entre las personas que solicitan una consulta psicológica es: “¿cuánto cobra?”, debo admitir que solía asociarla con una frase trillada en el llamado comercio sexual y me hacía sentir incómodo de diferentes maneras y por diferentes motivos.

Desde luego que es una pregunta válida en los tiempos en donde todo se monetiza, desde el cuerpo, el tiempo y la psique. Y vaya que, en una consulta psicológica, o al menos psicoanalítica, los tres puntos se ponen en juego, a veces como vasos comunicantes, a veces como cuerpos celestes.

Intentaré hacer un para de analogías para aproximarme a lo que en esta ocasión quisiera poder transmitir.

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Si existe un proyecto de renovación del espacio en donde habitamos, se hace una planeación, se buscan los mejores materiales, se compara, se pide un par de presupuestos entre los especialistas y se decide no con base en el presupuesto sino con la proyección de mejora, porque esto se considera una inversión. Aunque siempre se puede decantar por la opción más económica.

Por el contrario, si ocurre un incidente en casa o en el auto, hay que reparar de inmediato porque si no las cosas no funcionan, se busca la opción que esté más disponible, la que tenga agenda abierta y se paga el remplazo de piezas sin cuestionar el costo. Aunque siempre se puede decantar por la opción más económica.

Vayamos al cuerpo.

Si por descuido o generado por una actividad deportiva o laboral se presenta una lesión corporal, pongamos una fractura o esguince, se recurre a urgencias, ya sea en la clínica privada o en la pública, lo importante y urgente es detener el dolor y reparar los daños para evitar que a la larga el conflicto escale.

Si emerge una enfermedad de las llamadas crónico degenerativas, después del proceso psicológico de la negación que permite que el suceso sea tramitado, se tendrán que tomar cartas en el asunto y buscar la ayuda médica más efectiva, incluso la que pueda estar, lamentablemente, aderezada de las creencias personales o de grupo.

Si así manejamos la economía, que literalmente sería la organización de la casa, por qué no pasar por el mismo tamiz la atención psicológica. Sobre todo, en estos tiempos en los que pomposamente le llamamos “salud mental” y hasta hablamos de “primeros auxilios psicológicos”.

Es decir, si se está en condiciones de “urgencia” o porque ya es imposible continuar viviendo así y la cosa parece ir cada día a peor, pues se acude al psicólogo al que le hayan recomendado o se prueba una serie de ellos, hasta encontrar el que mejores “resultados” brinde. Nada de eso ocurre.

En Facebook existe un grupo público de psicólogos en Puebla. La consulta más frecuente que se hace es para encontrar a uno que vive cerca del que solicita la atención (se entiende) y que cobre barato. La cantidad de psicólogos que levantan la mano para promocionar sus precios da pena (entendida como tristeza). Parecen niños alzando la mano para que les toque el bolo del bautizo.

La literatura psicoanalítica aborda constantemente el tema del pago en psicoanálisis. Sigmund Freud decía que la relación que tenemos con el dinero se relaciona con la etapa anal de nuestro desarrollo infantil.

El mito generado en torno a Jaques Lacan incluye muchas anécdotas sobre el cobro. Se dice que no tomaba el dinero que le pagaban sus pacientes y estos lo depositaban en una mesita, en donde a veces se acumulaba. Que cobraba la misma tarifa por sesiones de 5 minutos o por faltas del paciente.

Gracias a la irrupción de Lacan en el psicoanálisis es que hoy la manera de tratar el pago en la atención sea muy diferente a cualquier intercambio meramente comercial de la enfermedad-salud.

Recientemente acepté en consulta a un paciente que insistía una y otra vez en conocer cuánto cobro. Como siempre hago le dije que eso lo vemos en la primera consulta. Después de escucharla volví a ver con claridad porqué se realiza así la negociación.

Con un historial de vida “impuesta” quería que el costo de sus sesiones también le fuera impuesto. Pero al dejarle abierta la posibilidad de proponer y que esta propuesta fuera aceptada o no, le estaba cambiando desde la primera consulta, su posición subjetiva frente a la vida.


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