Estos “psircoanalistas” que ves

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

Puebla /

Parafraseando a Sigmund Freud podemos asegurar que las personas que estudian o “practican” el psicoanálisis tienen dos heridas narcisistas. No existe peor ofensa para la gran mayoría de ellos que les digan que el psicoanálisis no es una ciencia y que les llamen cariñosamente “psircoanalistas”.

Aunque habría que aceptar que ambas heridas no tendrían porqué existir ni hay algo que las sostenga como dispositivos que lastiman.

Desde luego que no, que el psicoanálisis no es ni de cerca una ciencia. Se tendría que decir así de esta manera sin necesidad de matizarlo para no herir susceptibilidades.

Casi siempre que a un psicoanalista se le dice que lo suyo no es una ciencia, responde con la muletilla de “si, vamos, no es una ciencia en el sentido tradicional, o positivista, como hoy se conoce a la ciencia…(blablablá)”.

No habría porque defenderse de esta manera. Las matemáticas tampoco son una ciencia y no por eso se deja de confiar en ellas. Bueno se podrá decir que no es una ciencia natural, sino formal. Para el caso da igual. No descubre nada, solo nos da un lenguaje mediante el cual soportamos el caos.

A Freud le negaron con justa razón el Premio Nobel de Medicina, pero le dieron, también con justa razón el Premio Goethe de Literatura, porque justamente la disciplina que él creo se encuentra más cercana al área de la literatura que al de la medicina.

La literatura como un área de estudio de las humanidades apuesta por el descubrimiento del mundo y la experiencia humana, siempre desde la subjetividad y no desde improbables Leyes Universales.

Justo eso es lo que los practicantes del psicoanálisis defienden a capa y espada, que lo importante en la clínica psicoanalítica es el “caso por caso” y la verdad subjetiva del paciente (analizante). ¿Entonces por qué se sienten ofendidos?

Lo de “psircoanalista” creo que es más una pseudopalabra creada para causar mofa y enojo. Claramente está haciendo alusión a que la profesión de un psicoanalista es comparable a la de un cirquero, que con ilusiones, malabares, fieras enjauladas y frases espectaculares busca entretener al público.

Debo ser sincero, pero esta pseudopalabra que aspira a ser un adjetivo, no la había escuchado en la vida cotidiana y me tropecé con ella en las redes sociales. Quizá su uso sea limitado a este espacio público del entretenimiento fragmentado.

Si con esta palabra inventada se hace daño a quien estudia o practica el psicoanálisis, y afirmo que lo logra porque en caso contrario ya se hubiera dejado de emplear, tampoco le veo el sentido. Lo que encuentro es un claro desconocimiento de la historia del Psicoanálisis.

La disciplina nace justamente del tratamiento de las histéricas por parte de Freud. Y en la época en la que la histeria dominaba la preocupación por la salud mental (quizá como hoy lo hace el autismo) se instaló lo que Héctor Pérez-Rincón llamó “El teatro de las histéricas”.

Durante las sesiones de los martes en el hospital de la Salpêtrière en París, el médico Jean-Martin Charcot, presentaba ante médicos, escritores y seguramente burgueses curiosos, el caso de una histérica o histérico, a la que se le provocaban y controlaban los síntomas, mediante la hipnosis o pequeñas descargas eléctricas.

Vamos que era toda una puesta en escena de la enfermedad y su cura. Casi como los griegos sugerían con la catarsis.

Durante 5 meses Freud asistió a estas representaciones teatrales de Charcot y sus histéricas. Y luego él mismo tuvo a sus histéricas (así llamadas por él: “mis histéricas”). Así que algo debió aprender de las artes circenses, aunque no las pusiera en práctica. Al menos no por mucho tiempo.

Recordemos que el propio Lacan usó y abusó de la teatralidad para formar a una legión de seguidores que hoy lo siguen idolatrando, más allá de sus conceptos. ¿Entonces, cuál ofensa?

Ahora bien, lo que debería de preocupar es que los malabares, la maroma y el circo ya no es exclusiva del psicoanálisis. Sino que existe toda una horda de “creadores de contenido” que vulgarizan al máximo conceptos que a grandes pensadores les llevó décadas formular.

Hombres y mujeres que mientras se maquillan o beben un late, hablan del trauma, del Edipo, del aparato psíquico, no están siendo difusores del conocimiento. Intentan ser monetizadores del sufrimiento.


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