Necesitas un amigo

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

Puebla /
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La secularización de la vida religiosa a través de la psicología nos ha traído grandes calamidades que no deberíamos dejar de pasar de largo, porque de lo contrario seguiríamos perdiendo la batalla para defender lo humano.

Una de las muchas consecuencias que ha tenido este proceso es la instauración de una nueva moral y una nueva ética, en la que se han desplazado los objetos amorosos y la posibilidad de hacer vínculos con ellos.

A mi parecer una de las mayores afectaciones es la amistad. Esa forma de amor que los griegos consideraban como portadora de confianza, respeto, lealtad y reciprocidad, capaz de formar lazos virtuosos.

Ya en anteriores colaboraciones he tratado de llamar la atención sobre el debilitamiento de esta forma amorosa de transitar por la vida, para darle sentido y hacer que valga la pena, en lo más amplio del significado de la frase: “que valga la pena”, es decir que reconforte el sufrimiento que tenemos los seres humanos de existir.

Pero lo he hecho desde la perspectiva de la nueva configuración de este lazo que no busca la amistad, sino los fans, los seguidores, los suscriptores, que avalen una vida imaginaria, para ellos y para los demás.

Hoy lo quiero hacer denunciando que esta precariedad de la amistad es la grieta por la cual muchas personas acaban en los consultorios psicológicos, no para intentar recomponer esa red de apoyo, sino como consecuencia de lo debilitada que está.

Solo quiero poner por ahora un ejemplo. En el ámbito personal me duele escuchar cuando alguna persona busca ayuda “profesional”, para tomar la decisión de continuar o no con su pareja. Seguir o alejarse.

Claro que en el ámbito profesional estoy abierto a escuchar el dolor, cualquiera que este sea.

Pero no debería ser motivo de una consulta psicológica tomar o no una decisión como esta. Así se trate de acabar con un matrimonio de 35 años o con un intento de noviazgo de dos semanas.

Para acompañar esta decisión, siempre dolorosa claro está porque implica la posibilidad de un duelo por la pérdida del objeto amado, tendría que operar esa red de emergencia que es la amistad.

Red que está tejida de la vulnerabilidad de las personas que se reconocen como amigos y que precisamente es en esta fragilidad en donde adquiere su fuerza inaudita.

Pero ya no las hay, o si se quiere ser optimistas las hay cada vez menos.

Tendrían que ser los amigos (1,2,3) los que podamos mantener con nuestro lazo de amor, quienes nos acompañen por este camino de espinas que dejó la tormenta que nos arrancó las rosas.

Como en el camino por el Hades necesitaríamos de Hermes, un Psicopompo, es decir un guía de las almas que nos pueda sostener hasta que Caronte nos reciba y decida si renacemos o morimos.

En términos más prosaicos debería ser el amigo quien corre a nuestras llamadas telefónicas a altas horas de la noche, porque de nueva cuenta la duda por el sufrimiento nos asaltó y no nos deja dormir.

Debería ser el amigo quien escuche una y otra y otra y las veces que sea necesario el relato del amor y del desamor, de la confianza por la decisión tomada y el temor por no poder llevarla a cabo.

Porque justamente de estas lágrimas, de estos enojos, de estos fastidios, de esas coartadas, es también de lo que se teje la amistad. Y al no dárselo al amigo -tanto el que escucha como el que habla- le estamos negando a la relación la posibilidad de seguir con vida.

Esta función operativa ahora se le asignó al psicólogo. Y él parece muy cómodo de que así sea.

Llega el “paciente” que está en medio de este trance y a las tres o cuatro sesiones resuelve que va a seguir con su pareja porque las cosas “ya se arreglaron” y entonces ya no tienen nada que hacer en consulta.

El problema no es que “abandone” el proceso, es que ni siquiera lo inició.

Freud decía que hay dos tipos de duelo, el normal y el patológico. Para el normal deberían estar los amigos y para el patológico nosotros. Y antes de salir con la cantaleta de “qué es normal”, debo advertir que, si hay duelos normales, son los cotidianos, todos los días estamos en duelo, porque todos los días perdemos algo incluso sin darnos cuenta.

No necesitamos más psicólogos o más gente que vaya al psicólogo, necesitamos más amigos siendo amigos.


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