¿Para qué tenemos hijos?

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

Ciudad de México /

Cuando estaba en mi propio proceso mi analista me sugirió-recomendó, que leyera el libro “Vida con mi viuda” de José Agustín. Así que lo hice.

Hasta la fecha no sé bien por qué me lo habrá hecho poner en mi mesa de lecturas.

Hoy, que escribo este artículo, me trato de explicar que lo hizo para que entendiera mejor cómo opera la neurosis obsesiva. Aquella en la que las personas no saben si están vivas o muertas y su obsesión es tratar de ratificar que viven o que ya han muerto y no les avisaron. Pero seguramente no fue por eso.

Como haya sido, nunca entendí qué tenía que ver la historia de Onelio de la Sierra -protagonista de la obra- con quien esto escribe. Sin embargo, lo que sí me dejó una huella indeleble tras su lectura fue una frase: “los buenos libros son como las mujeres, tú no los eliges, ellos te escogen a ti”. Y con esta sentencia como brújula me conduzco cuando de libros se trata. Voy a la librería o navego por antigüedades en internet y no busco, me pongo visible para que el libro me encuentre.

Así me ocurrió el fin de semana cuando ni siquiera iba por algo para mí, sino que estaba a la caza de un regalo. Un libro salió a mi encuentro. “Mal de madres” de Stéphanie Thomas. Aunque fue lo primero en lo que se posaron mis ojos, dudé, porque parecía otro más de esos libros de autoayuda que saben más feo que el café de sobrecito.

Pensé que sería mejor elección un ensayo sobre cómo la violencia ha construido nuestra cultura actual. Pero la mano amorosa y homónima de la autora me hicieron recordar: “los buenos libros te escogen”. No tuve más remedio que hacerme cargo de mi deseo.

Para sorpresa me encontré con una obra bien trabajada, con interesantes referencias psicoanalíticas, por una documentalista francesa a la que el artículo “El arrepentimiento de ser madre, el último tabú”, de Charlotte Rousseau aparecido en el diario francés Liberación, la obligó también a hacerse cargo de su deseo y escribir sobre el arrepentimiento de ser madre, una condición que ella misma sintió vivir en su familia.

Siguiendo esta cadena de deseos el libro fue un pre-texto para al fin ponerme a escribir sobre una pregunta que me ha rondado hace algún tiempo. Stéphanie Thomas la plantea en “Mal de madres”, sin ser la parte central de su trabajo: ¿para qué tenemos hijos?

Cada época y sociedad ha tenido más o menos claro para qué quiere tener hijos. Pensemos en las sociedades agrícolas y artesanales, que buscaban tener hijos, sobre todo varones para que sirvieran en el trabajo. Entre más hijos más mano de obra. Y claro, también entre más hijos, más fácil suplir las muertes de aquellos que no se lograban por las condiciones sanitarias y de salubridad.

También se querían tener hijas para poder casarlas y hacer alianzas entre familias, que redundaran en beneficios económicos. Pero también había que tener hijas para que se hicieran cargo del cuidado de los ancianos, porque evidentemente no había un sistema de pensiones, ni casas de retiro, ni nada que se le pareciera.

Francia nos ofrece dos estampas que explican para qué se quiere tener hijos, el país de la autora antes mencionada. Durante la Segunda Guerra Mundial el gobierno metió con calzador la celebración del Día de la Madre para que las mujeres tuvieran más hijos, que a la postre se convirtieran en soldados. No tener hijos era traición a la patria. Ahora en ese país se debate la legalidad y la eticidad de tener un segundo hijo para usar sus células madre y curar al hijo enfermo que haya nacido previamente.

Hoy que no necesitamos mano de obra en las familias (porque eso sería explotación infantil) o mujeres que cuiden a los adultos mayores (porque eso sería misoginia) bien cabría preguntarnos para qué queremos tener hijos.

Una posible respuesta sería: para gozarlos. Gozar de su condición de infantes, con todas las implicaciones que esto lleva.

El psicoanálisis proponía que sólo la madre gozaba del infante, y que era necesaria la castración del padre para que no adviniera una psicosis. Pero hoy pareciera que no hay castración, entendida como falta. Que justamente los padres (madre y padre) quieren gozar de sus hijos completamente.

Y se goza de ellos completamente, haciendo, como lo marcan los nuevos cánones sociales, de todo acontecimiento, un acto de espectáculo. No un acto espectacular, sino una función de video, en donde lo más importante es la imagen. Así, pues, las idas a la escuela, al dentista, las siestas, todo, se ha convertido en un espectáculo que hay que grabar y compartir al ojo ajeno.


Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.