¿Por qué estamos tan agresivos?

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

Puebla /

Por la ventana, una señora se pasa la vida cazando a quien intente estacionarse frente a la pared de su casa, no frente al portón frente a la pared, al caer en esta zona prohibida -en su imaginario- el visitante ocasional se convierte en el receptor de irrepetibles insultos y todo por aparcar en la vía pública. Y no, la señora no está loca, ni nada que se le parezca.

Un par de jovencitos tardan demás en ser atendidos en la heladería del centro comercial y para colmo de males el sabor que pidieron no cumplió con las expectativas. Así que conectan sus dispositivos móviles como en un cableado interoceánico y comienzan a grabar a la dependiente del lugar, amenazándola con destruirla a ella y la reputación del negocio.

Parafraseando a Sigmund Freud, escenas como esta de la psicopatología de la vida cotidiana podemos contarlas por decenas. Basta con salir a la calle y corroborarlo, a través de bocinazos que lanzan furibundos automovilistas porque el auto que encabeza la fila tardó tres milisegundos en reaccionar ante la luz verde del auto.

Es más, dudo que alguien esté exento de haber participado en alguna de estas escenas. No como “víctima”, sino como victimario, tanto en los ámbitos privados como en los públicos. Pero para narrar nuestras propias aventuras por los fangos de la agresividad, emplearemos justificaciones tales como “es que soy firme”, “estaba defendiendo mis derechos”.

Será porque la agresividad es un rasgo, una pulsión, que es inherente a los seres humanos. Pero esta construcción estructural nos avergüenza, como lo hace el miedo, el dolor, la tristeza y tantas otras, de las que preferimos mejor no hablar.

Para los psicólogos evolucionistas la agresividad interpersonal comenzó una tendencia a la baja a partir de la Edad Media tardía y esa tendencia se mantuvo a la baja hasta los primeros años de la modernidad, por la monopolización del Estado de la violencia.

Cuando el Estado ejerce violencia sobre los individuos para imponer y resguardar las reglas morales que garanticen la convivencia, pareciera que existe cierta disposición individual a renunciar a nuestras pulsiones libidinales, porque existe la idea de que estaremos cuidados, seguros y tranquilos.

Confiamos en estas organizaciones y nos difuminamos en una masa artificial, diría Freud. Pero quizá al sentir que no cumple con su promesa de cuidarnos, de garantizar que las transgresiones y los transgresores serán castigados, es que estos lazos libidinales se comienzan a romper y la agresividad reclama el lugar que le corresponde.

Inicié este escrito con dos ejemplos clásicos de la agresividad cotidiana, pero que además cada uno ejemplifica los dos tipos de agresión descritos por Richard Wrangham, la reactiva y la proactiva.

La agresividad reactiva es la que se produce en el instante ante lo que consideramos que es una provocación. La vigilante de la ventana cree que todo mundo debe saber que, aunque no lo sea para ella es ilegal estacionarse frente a la pared de su casa y por eso sale a increpar a quien le está provocando.

La proactiva es la agresividad no impulsiva, que no se da en caliente y que tiene que ver con cierto tipo de planificación para conseguir objetivos a más largo plazo. El sueño de los dos jovencitos que graban un video que después publicarán en redes sociales para destruirle la vida a la encargada que no satisfizo sus deseos y también para manchar la reputación de un negocio.

Lacan no haría distingos entre estos dos tipos de agresividad -aunque a mi me parece muy buena propuesta- y dirá que esta es constitutiva de los humanos desde el estadio del espejo. Esta etapa de la construcción del Yo en la que nos enamoramos de la imagen devuelta por la mirada de la madre, en la que nos vemos completos, perfectos.

Ahí nace la agresividad, porque el Yo ideal es una trampa, es algo o alguien que está fuera de mí, y así como es mi modelo también es mi rival, si el bebé pudiera hablar diría “quiero ser como ese otro, (en) el que es (soy) perfecto”.

La agresividad es la tensión constante entre mi imaginario y mi realidad, medida por el otro, el que me estorba porque su presencia cuestiona la mía, me recuerda mis carencias, que a decir verdad también son imaginarias.

El propio Lacan dice que lo que evita que nos matemos es lo simbólico del lenguaje, hablar. Pero de qué sirve hablar, cuando nadie escucha.

Mored


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