¿Por qué nosotros somos mejores que los otros?

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

Puebla /
Mored

Debido a que hoy la música ya no se escucha en los tocadiscos, tocacintas o reproductores de CD sino a través del streaming, en una reunión con amigos estaba de fondo un servicio de reproducción de vídeos cuando de pronto se escuchó una voz y lo que dijo me llamó la atención.

Una bella dama hablaba sobre las bondades históricas y culturales de un todavía más bello estado que estaba inaugurando su Feria. No recuerdo con exactitud todas las virtudes que exaltó en su discurso sobre la raigambre cultural que nos atraviesa y por la cual debemos sentirnos muy orgullosos.

Tampoco recuerdo con exactitud si esa misma tarde o al día siguiente, me topé con otra mujer, hablando de las mismas cualidades culturales, históricas, geográficas y étnicas de su pueblo. Lo interesante es que no hablaban de la misma posición en el mapa. Es más, la segunda voz provenía de una localidad a miles de kilómetros de la primera.

Es decir, no compartían más que unas cuantas cosas. El idioma, quizá una posible raíz religiosa. Pero nada más. Y sin embargo ambas hablaban de su terruño como si fuera el máximo exponente de las expresiones artísticas y culturales del mundo. Qué digo del mundo, de la galaxia entera.

Los adjetivos usados en ambos discursos esos sí eran los mismos, a pesar de que una hablaba en una inauguración de una fiesta y la otra en una reunión de gobierno. Riqueza, orgullo, ancestral, herencia, soberano, inquebrantable, identitario, glorioso, se repetían como quien implora una bendición.

Cualquier escucha promedio podría apostar, sin conocer contextos sólo las arengas, que ambas hablaban del mismo lugar. Pero seguro las oradoras, puestas en su papel de defensoras de su cultura, se habrían sentido ofendidas, ultrajadas, no valoradas, con esa nivelación de igualdad.

Mientras escribo esto las imagino en el encementado patio de una escuela, peleando por tratar de imponer a su papá como el mejor. El mío es más alto, el mío gana más dinero, el mío hace ejercicio, el mío es runner, el mío va al gimnasio, el mío tiene barba y bigote, yiu que asco, eso ya no se usa, es del siglo pasado.

¿Por qué nosotros somos mejores que los otros?

No regateo el devenir histórico que cada pueblo ha tenido en esta difícil tarea de forjarse una identidad, sus pasos habrán sido por momentos irrumpidos de manera violenta, otros tantos de manera fortuita y quizá en un periodo ni se movieron. Pero eso no los hace ni más grandes ni más pequeños.

Y sin embargo, se necesitan convencer y convencer a los demás de que son eso, más grandes.

Sigmund Freud en su escrito sobre El tabú de la virginidad ya comienza a pensar en ese concepto que acaba por pulir en textos como Psicología de las masas y análisis del yo y El malestar en la cultura, se trata del “narcisismo de las pequeñas diferencias”.

Existe una repulsión hacia los otros individuos que amenazan mi idea del “Yo”. Aunque seamos iguales la idea es poder encontrar esas pequeñas cosas en las que somos diferentes, para poder agrandarlas y depositar ahí nuestra hostilidad.

Las masas recurren a este mecanismo. Los que están adentro de nuestro sistema de pensamiento recibirán amor y están obligados a darnos amor. Los que están afuera de nuestra manera de pensar, se habrán ganado la guerra.

La agresividad necesita por fuerza salir y encontrar un destino en el cual desfogarse. El problema viene cuando se abusa de esta identidad grupal para garantizar el amor, porque provocará que el odio hacia el otro crezca hasta que se luche por su desaparición.

Y esto ocurre, sí, entre los pueblos, pero también entre los individuos. Los vemos, lo vivimos y hasta lo padecemos todos los días.

Ahora bien, antes de lanzar un: nosotros somos mejores, no somos iguales, ustedes los no elegidos, valdría la pena recordar lo que Freud mostró, no odiamos lo que es totalmente ajeno a nosotros, sino solo aquello que amamos de nosotros mismos, pero debemos “expulsar”, poner por fuera, depositar en el otro, para no enloquecer.


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