Que haga ruido

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

Ciudad de México /

Podría estar casi seguro de que no es ocasional la estampa familiar del televisor encendido mientras las personas encargadas del aseo realizan esta labor. O la radio a todo volumen en un taller mecánico, que cede su lugar al silencio hasta que se ve obligada para permitir el diálogo entre el trabajador y el posible cliente angustiado porque no sabe de lo que le hablan, él solo quiere que su auto vuelva a andar.

En los centros comerciales los pasillos y los locales se sonorizan. Quizá esto sea más notorio precisamente en estas fechas, donde la música navideña se repite a cada paso, para alegría de algunos, para fastidio de otros.

Los mercadólogos dirán que están haciendo experiencias de compras a través del sonic branding. Y habría que creerles, sobre todo le deben creer los que pagan para obtener esas listas musicales que empujen a sus visitantes a dejar esa categoría y convertirse en compradores.

Pero es más honesta la respuesta que se da en los entornos familiares y laborales: “pon la tele (o la radio) para que al menos haga ruido”. Es decir, no importa de qué vaya el programa en la televisión o qué música se escuche en la radio, siempre y cuando no se escuche el silencio.

Esto podríamos decir que está pasando con las redes sociales. A las cuales por cierto habría que ir pensando en cambiarle de nombre, porque sí se trata de una red, pero no de una que genere sociedad.

Depende de la firma que haga el estudio, algunas dirán que las personas pasan hasta 3 horas en redes sociales y otras que 2 horas y 41 minutos. El tiempo acumulado, minutos más o minutos menos, no es aquí lo que me interesa para este artículo, sino cómo es que se consigue esta cifra estimada.

Las personas recurren a sus dispositivos móviles de manera harto frecuente. En el trabajo a la menor oportunidad se revisan los celulares. En el tráfico la gente ansía llegar al semáforo para tener unos segundos y ponerse al día o actualizar sus muros. En la casa, mientras se da un bocado el dedo que está libre se encarga del scroll. Y ni qué decir de las reuniones entre amigos. Las pantallas median la conversación y en muchos de los casos imponen sus narrativas.

La manera con la que se recurre a las redes sociales comparte mucho de los rituales en la neurosis obsesiva: la repetición. Podrían haber pasado solo unos cuantos minutos y se llega a sentir la necesidad de volver a entrar, para “saber” qué está pasando. Pero a diferencia de la neurosis obsesiva, el ritual no se fija en la repetición, es decir no busca darle un sentido, se conforma con que se repita, como se decía anteriormente: “como disco rayado”.

Y es el sonido del disco rayado lo que atrae.

Así como la televisión y la radio se ponían de fondo para que al menos hiciera ruido. Las redes se encargan de generar ruido. Cada vez más estridente. El escándalo de la mañana se nutre de todos los gritos de los que participamos en la (también mal llamada) conversación digital. Y es un ogro que reclama más gritos, porque sabe que su vida es efímera y pronto se convertirá en un suave murmullo que habrá de dar paso a un nuevo ruido.

Habría entonces que preguntarnos porqué necesitamos ese ruido en nuestra vida.

En una sesión de psicoanálisis se espera que el analista pase la mayor parte del tiempo en silencio, hasta que el paciente, a fuerza de hablar y hablar descubre que lo que está diciendo es puro ruido, que su queja no le deja escuchar el silencio. Cuando él mismo calla descubre que esa demanda, su reclamo, su síntoma, su malestar por vivir, tiene un sentido, y que todo lo que había en su vida y que ya no funciona, era en realidad ruido.


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