Al psicoanálisis poco o nada le importa la estadística, contrario a la psicología que ama apoyar y apoyarse en ella. Está bien que el psicoanálisis corone el llamado “caso por caso”, pero negar que los modelos matemáticos también sirven para explicar la realidad se me hace esquizofrénico.
Cuento esto porque podría decir que 9 de cada 10 adolescentes que me han llevado a “terapia” solo están enfermos de adolescencia, por fortuna. La cifra puede que no diga nada y puede que diga mucho.
Y subrayo que por fortuna los jóvenes tienen esa rara enfermedad estacional de la vida, porque la inmensa mayoría no se la tiene que ver desde temprana edad con afecciones estructurales que habrán de marcarles el resto de su andar por este valle de lágrimas.
Claro que también he tenido en el diván a jóvenes a los cuales la adolescencia y sus pesares es lo que menos problemas les causan. De ellos hubiera querido que su alma únicamente estuviera atravesada por el golpe de la edad, pero no fue así.
Son las madres o las abuelas las que me han buscado para que reciba a sus hijos, por lo general hombres, en consulta. Ahora que escribo esto sólo recuerdo el caso de un padre quien me contactó para que viera a su hija.
En el primer contacto que tengo con ellas les pido tener una conversación sobre lo que consideran que le está ocurriendo a sus hijos. Invariablemente abren ventanas que se parecen las unas a las otras sin importar las condiciones materiales del “caso por caso”.
Antes o después, el orden en realidad no importa tanto como los detalles, suelen decir que la situación se ha vuelto insostenible, que ya no saben qué hacer, que este trance les está afectando en lo personal, con la pareja y con la familia.
A lo largo de esa narración de los hechos esporádicamente sueltan destellos de culpabilidad por haber creado en parte el purgatorio terrenal.
Suelo preguntar si ellas mismas han ido a terapia. Las respuestas van de: lo he pensado a sí, alguna vez fui. Con esta pregunta intento lograr dos cosas o a veces solo una. La primera es indagar qué esperarían de la terapia, porque independientemente como haya sido, quien ha pasado por un proceso podría esperar cosas muy distintas de quien no ha ido jamás.
Y la otra, quizá la más importante, busco mostrar que si hay pesar y culpabilidad en la persona que busca terapia para un tercero, quizá quien deba ir sea la que está llamando al terapeuta. Como dice el refrán: “quien para otro pide, para sí aboga”.
Porque por lo general si el adolescente, aplica también para el niño o el adulto, pero es más claro con los adolescentes, no pide directamente la ayuda es que no la necesita. El problema lo tienen los otros.
Recuerdo el caso de una madre muy angustiada, como todas las madres que me llaman. Tuvimos un par de entrevistas previas en las que intenté plantear, además de los dos puntos comentados con anterioridad, los alcances de una terapia psicoanalítica.
Con estas advertencias a cuestas llegamos a la primera cita. La madre pidió estar presente y el joven accedió. Ella comenzó el listado de los males. El joven se encierra en su cuarto y no habla con nadie. Él dirige indiferente su mirada al suelo que está en el techo.
Ella continúa. Es que escucha pura música deprimente, de “emos”. Él hace una mueca de fastidio. No se baña. Se nota que él no quiere respirar. Se despierta tarde. Él cierra los ojos como si en ese mismo instante quisiera dormir.
Ante la queja de ella, la indiferencia de él. Al final sale el néctar del problema: “no lo entiendo”.
Entonces la pregunta sería: ¿podemos entender a los adolescentes? Sin el afán de simplificar los problemas a la manera de la psicología pop, me atrevería a aventurar una respuesta: no.
No, porque es justamente en la adolescencia cuando intentamos desligarnos de nuestros padres. Marcar la diferencia. Señalarles sus errores y apostar porque nosotros no los repetiremos.
Para eso intentamos escribir lenguajes nuevos. Son una muestra de ello los therian y las batallas de aura. Pero también lo fueron el tango, el mambo, el rock and roll y el “rock en tu idioma” con los Enanitos Verdes y Los Toreros Muertos.
Y tenía que ser así, rock “en tu idioma”, no el rock que escucharon tus padres, aunque ese idioma se haya convertido en el lastre de hoy. Por eso hay que cantar con un español apenas entendible. Ese es el lenguaje de los jóvenes. Al que no tienen acceso los adultos, por eso se desesperan y se angustian, porque no los entienden.