Recién me encontré en un supermercado una curiosa figura decorativa alusiva a las próximas festividades. Se trata de un gato fantasma, o un fantasma gato, como mejor les parezca. Con los bigotes muy pronunciados, de unos 10 centímetros de alto, que sostiene entre sus patas delanteras un letrero que dice: “I see real people”.
Lo hubiera comprado por dos razones iniciales muy atractivas. La primera porque el fantasma es un concepto de Lacan que ha dado al psicoanálisis una posible dirección de la cura. Y la otra por el mensaje que sostiene que ve personas reales.
Hay que entender las referencias. La primera, la del gato, al cual se le atribuyen poderes mágicos para ver seres fantasmagóricos que podrían detectarse gracias a sus bigotes. Y la segunda, el mensaje que juega con la angustia del niño de la película “El sexto sentido”, quien temeroso por hablar con su psicólogo muerto le dice: "I see dead people".
A pesar de estas razones poderosas mi deseo de evitar que mi casa se convierta en un pequeño museo de lo innecesario pero simbólico, no lo llevé conmigo. Sólo le tomé una foto para robarle el alma y la posteé con este pie: “es que soy psicoanalista”.
Días después, un domingo, mi esposa veía en la casa las conferencias que ofrecen los líderes de su religión y que son trasmitidas a todo el mundo por internet. Son servicios religiosos en los que se da voz a ciertos representantes jerárquicos para que cada uno de ellos de testimonio de su vida y de su fe.
Tocó el turno a una mujer, algo un poco raro en este mundo de la política religiosa. No recuerdo en qué contexto lo dijo, pero mencionó que en Sudáfrica cuando una persona se encuentra con otra una manera de saludar es decirle: Sawabona.
Explicaba que en la lengua zulú esto significa “te veo”. No es el hola que tenemos en el inglés, idioma de la conferencista, o en el español. Nuestro saludo es sencillo, práctico, que funciona como una bisagra para iniciar la conversación.
Pero el Sawabona tiene una gran carga filosófica. Porque no solo se trata de ver, sino de mirar, de reconocer en el otro su dignidad como persona. Dignidad en la que confluyen sus virtudes, pero también sus aflicciones, es decir su completa existencia. Y se reconoce su importancia de existir.
Pero hay más, no se responde con otro hola u otro Sawabona, como haríamos en inglés o en español, sino con un Shikoba, que significaría algo así como “estoy aquí y entonces existo para ti”.
De verdad que es un poema. Es el reconocimiento de que no somos sin el otro. Que la mirada del otro nos constituye. Que si soy es porque somos. Tanto para Freud como para Lacan la mirada del otro es fundamental en nuestra constitución psíquica e inconsciente, si se me permite decirlo.
Por eso, el gato fantasma y su letrero que anuncia que ve personas reales, no vivas como debería ser la antítesis de la frase “veo personas muertas”, es de las cosas más psicoanalíticas con las que me he topado en estos días.
Sí, a menudo sólo se habla que el psicoanalista escucha, que esa es su tarea y que mediante la escucha es como se puede plantear alguna posibilidad de cura para el paciente.
Pero, sin lugar a duda, el psicoanalista en la clínica también mira y sostiene en la mirada, como lo hacen los hablantes de zulú. Reconociendo en el otro a personas reales. Su dignidad, su sufrimiento. No con el afán de cambiarlo, de mejorarlo, de crear o impostar un mejor Yo, porque eso no sería para nada un Sawabona.
Simplemente se trataría de sostenerlo y ayudarle a que se sostenga, a que sea capaz de devolver un Shikoba, que se reconoce que existe y si existe, existe por, para y con los demás.
Porque también el psicoanalista lo es en la medida en la que el otro también le reconoce la dignidad. No basta con un semblante certificado por el presunto guardián del saber llamado Universidad o Ministerio de Educación.
Luego entonces se es psicoanalista solo en el espacio clínico, entre esas cuatro paredes, en un sofá y un sillón. Cuando uno habla y el otro escucha. Y hay una sola voz que dice: soy porque somos.