Hay gobiernos que viven apagando incendios y otros que, aun entre críticas, consiguen construir una ruta. La administración de Alejandro Armenta parece estar apostando por lo segundo.
A 17 meses de haber iniciado, el balance todavía está lejos de ser definitivo, pero ya hay señales que comienzan a perfilar el tipo de sexenio que quiere construir.
1.- La estabilidad, ya que después de casi una década de gobiernos interrumpidos, sustituciones, tragedias políticas y administraciones de transición, Puebla vuelve a tener un mandatario que gobierna pensando en seis años.
2.- La inversión y la infraestructura con una narrativa de largo plazo. Un intento de llevar obra pública más allá de la capital y conectar políticamente a todos los municipios con el proyecto estatal.
3.- Los ajustes internos, al entender que no todos los nombramientos funcionan y cuando algo no funciona, el costo de sostenerlo suele ser más alto que el de corregirlo.
4.- El ambiente político, pues Puebla no aparece como foco rojo nacional y Palacio Nacional no ve ingobernabilidad ni crisis política consumiendo diariamente la agenda pública.
5.- Armenta parece haber entendido que gobernar no solamente implica ejercer el poder, sino administrar el temperamento. Y aunque todavía conserva momentos de impulsividad, hay un intento evidente por moderar el tono y construir una figura más institucional.
Claro, nada de eso evita la existencia de los opositores automáticos. Los que ya tienen redactada la crítica antes de conocer la decisión. Están programados para rechazar cualquier decisión gubernamental sin importar el contexto.
O aquel el nostálgico del pasado que cree que todo tiempo anterior fue mejor.
Y luego aparece el indignado digital que necesita enojo diario para sobrevivir en redes sociales. Ahí también habita el seudoambientalista que descubre árboles, agua y ecología únicamente cuando la causa ofrece rentabilidad política o posibilidad de golpear al adversario.
Nada de esto significa que el gobierno de Armenta sea perfecto. Tiene áreas de oportunidad pues la exigencia social seguirá creciendo. Pero sí parece existir algo que Puebla llevaba años esperando: condiciones mínimas de estabilidad, dirección y gobernabilidad.