En los últimos años hemos escuchado hablar mucho de los famosos semiconductores, esa tecnología de la que dependen cada vez más actividades económicas.
Durante la pandemia su producción se detuvo y, en consecuencia, la disponibilidad de vehículos se desplomó.
Recuerdo bien aquellos tiempos de espera de seis meses a un año para recibir cualquier auto que uno quisiera comprar.
Todos hablan de semiconductores, pero pocos saben qué son.
Un semiconductor es un chip que contiene millones —a veces miles de millones— de transistores miles de veces más pequeños que un cabello humano, grabados sobre una plataforma de silicio.
Ni conduce la electricidad libremente como un metal, ni la bloquea como el plástico. La conduce a discreción, como una llave que regula cuánta agua queremos obtener.
Esa capacidad de controlar el flujo eléctrico con precisión es lo que hace posible toda la tecnología moderna, desde su celular hasta la inteligencia artificial.
Un vehículo como el suyo y el mío, querido Lector, lleva entre 50 y 150 chips que controlan toda su operación. Un celular, entre 10 y 20. Y así cualquier aparato electrónico que tenga en casa.
Este negocio mueve 791,000,000,000 de dólares al año. Lo escribo con todos sus ceros a propósito. Si fuera un país, sería la economía número 16 del mundo.
Y aquí viene lo interesante: la compañía de chips más grande del mundo es NVIDIA, ubicada en California.
Pero no fabrica ni uno solo. Todo se produce en Taiwán, isla que concentra el 50% de la producción mundial.
Esto explica por qué Estados Unidos no permitirá que China invada Taiwán, como se ha especulado tras la reciente reunión entre Trump y Xi Jinping.
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