De oscuridad a luz

  • En Corto
  • Alejandro Maldonado

Estado de México /
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Erasto Crisanto Valdez arponeó a un robalo y lo siguió al interior de un cenote en San Francisco La Paz, Oaxaca, en los límites con Veracruz. Nunca imaginó lo que vendría después. Al intentar regresar se le acabó el aire del tanque. Dejó el equipo y, con la última bocanada, nadó hasta que de repente se encontró una cueva subterránea a unos 100 metros de profundidad. Allí, en completa oscuridad, pasó 15 días. Sobrevivió bebiendo agua del cenote, pero su verdadera fuerza nació de la oración: “Mantuve mi fe en Dios. Siempre me acordaba de que Dios existe y me encomendé a Él”.

Su padre pidió auxilio esa misma tarde. Todos daban por hecho que se había ahogado. Los buzos de la Marina exploraron hasta 120 metros sin encontrarlo. El 7 de agosto un equipo internacional de buzos de élite entró al cenote. Uno de ellos lo halló en la caverna -justo en el momento en que Erasmo oraba- conversó brevemente con él y salió gritando: “¡Está vivo!”. Lo rescataron en camilla y lo llevaron al hospital con deshidratación severa, pero vivo. Fue un verdadero milagro.

Nuestra oscuridad puede tener motivos distintos. Tal vez nos metimos solos; tal vez alguien nos empujó o arrastró a ella. Escucha al que viene a rescatarte: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). “Mis ojos están siempre hacia Jehová, porque él sacará mis pies de la red” (Salmos 25:15). “Saca mi alma de la cárcel, para que alabe tu nombre; me rodearán de los justos, porque tú me serás propicio” (Salmos 142:7). “Yo dije: Jehová, ten misericordia de mí; sana mi alma, porque contra ti he pecado” (Salmos 41:4).

El Señor es especialista en casos perdidos. Su amor por ti no tiene límites: “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:36).

Jesús quiere y puede perdonarte, liberarte, restaurarte, salvarte y darte una nueva vida. Tus circunstancias no necesariamente desaparecerán, pero en tu interior tendrás a Jesucristo, y su luz disipará tus tinieblas. Nunca te dejará ni te desamparará. Él pagó ya tu rescate con su vida en la cruz. Clama ahora a Él y entrégale tu vida tal como está. Jesús sigue haciendo milagros y si decides creer, tú serás uno de ellos.


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