Desierto

  • En Corto
  • Alejandro Maldonado

Estado de México /
Únete al canal de Milenio

“Toda la gente de Judea y de Jerusalén iba al desierto, donde se encontraba Juan el Bautista. Cuando confesaban sus pecados, él los bautizaba en el río Jordán” (Marcos 1:5-6). Este pasaje describe un hecho sorprendente e inusual. Un judío jamás se bautizaba a sí mismo; ellos solo bautizaban a los gentiles que se convertían al judaísmo, a quienes llamaban «prosélitos». Aquella multitud contaba en Jerusalén con un templo imponente, innumerables sacerdotes y continuas prácticas religiosas. Sin embargo, les faltaba lo más valioso para esta vida y la eternidad: Una relación personal con Dios.

Tarde o temprano, todos llegamos a nuestro propio desierto: La pérdida de un ser querido, una enfermedad grave, las consecuencias de nuestras malas decisiones, una ruptura matrimonial, problemas familiares, económicos o laborales, una adicción que nos domina o una vida vacía y carente de propósito. Las causas son diversas, pero el desierto nos confronta con nuestra fragilidad. Allí, lejos del bullicio y las apariencias, podemos tomar la decisión más importante de nuestra existencia: Clamar a Dios y entregarle nuestra vida.

Juan predicaba un bautismo de arrepentimiento, pero sabía que no podía perdonar pecados: “Después de mí viene uno más poderoso que yo; ni siquiera merezco agacharme para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo” (Marcos 1:7-8). Juan no buscaba reconocimiento ni ofrecía falsas salidas; guiaba a la gente hacia Jesucristo, el único capaz de rescatarnos.

Por eso, cuando Jesús acudió a ser bautizado, Juan se resistía: “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” (Mateo 3:14). Tras su bautismo, los cielos se abrieron, el Espíritu descendió y la voz del Padre declaró: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).

Aunque Jesús nunca pecó, se identificó con nosotros. Tres años después, en la cruz, pagó la deuda de tus pecados y los míos, recibiendo el castigo que merecíamos, y cuando la cuenta fue saldada dijo: “Consumado es” (Juan 19:30).

Dios jamás te abandona en la aridez. Él se adentra en tu propio desierto porque te ama y anhela darte una vida nueva. Corre a sus brazos ahora mismo, ábrele tu corazón y contempla cómo transformara tu desierto en manantial.


Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite