¿Has visto la película Cars? Al inicio, el protagonista Rayo McQueen aparece como un arrogante y egocéntrico que solo piensa en ganar, en el éxito y la fama. Está convencido de que no necesita a nadie para triunfar.
De pronto llega accidentalmente a Radiator Springs, un pequeño y olvidado pueblo que ya vivió sus mejores épocas, y provoca un desastre al destruir su calle principal. McQueen es llevado ante el juez del pueblo, Doc Hudson, quien eventualmente se convierte también en una especie de salvador para él.
¿No nos ha pasado algo similar en la vida? Como píldora milagrosa, nos tragamos la frase “cree en ti mismo, todo está dentro de ti”. Caminamos confiados en nuestras propias habilidades y talentos, sin considerar las barreras. Todo se trata de escalar y lograr el éxito a toda costa. Usamos, manipulamos, engañamos, traicionamos, mentimos, lastimamos e ignoramos a los demás. Nos refugiamos en pretextos como “todos lo hacen” o “si no lo hago yo, alguien más lo hará”.
Pero con el tiempo llegan las consecuencias. Ante ellas solemos reaccionar con cinismo; o con culpa y vergüenza. El pecado no solo nos daña a nosotros, sino también a muchos a nuestro alrededor. Y llegará el día en que estaremos ante el verdadero Juez: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).
Sin embargo, nuestro Juez quiere salvarnos. Por eso Jesús nos dice claramente: “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:10-11).
Por un lado se nos advierte que el enemigo de nuestras almas quiere destruirnos; pero Jesús mismo quiere darnos vida abundante, y por eso fue a la cruz. El buen Pastor dio su vida -nadie se la quitó- por amor a personas que no lo merecían, como tú y como yo.
Sé, el diablo es experto en hurtar, matar y destruir; pero en paralelo la especialidad de Jesús es dar vida abundante. Jesús vino a buscar y salvar lo que se había perdido. Si reconoces tu condición y necesidad, ábrele tu corazón a Cristo, pídele perdón y salvación con base en su sacrificio a tu favor. No pospongas la decisión. Jesús te ha estado buscando y no se olvida de ti.