La narrativa de la inteligencia artificial ha sido, sin duda, uno de los principales catalizadores del regreso del apetito por el riesgo (risk-on). Las expectativas de crecimiento en utilidades, concentradas en grandes emisores tecnológicos, han permitido que los mercados absorban episodios de tensión, como el conflicto contra Irán y el incremento del precio del petróleo, con mayor rapidez de lo anticipado.
Sin embargo, el mercado ha evolucionado rápidamente desde una fase inicial dominada por expectativas, hacia una etapa en la que se esperan resultados. Ya no basta con anunciar inversiones en inteligencia artificial, los inversionistas demandan resultados tangibles en forma de ingresos y expansión de márgenes. La divergencia reciente entre las compañías que invierten de manera agresiva en infraestructura de IA y aquellas que logran traducir ese capital en rentabilidad, refleja este enfoque.
Un aspecto relevante es que el impacto de la IA ha comenzado a extenderse más allá de los grandes protagonistas iniciales. Si bien los hiperescaladores y las empresas de semiconductores lideraron la primera fase del ciclo, el mercado empieza a reconocer que el siguiente tramo de creación de valor estará en la adopción transversal por parte de otros sectores. Empresas industriales, de consumo, salud y servicios financieros están incorporando IA en sus procesos con el objetivo de mejorar su productividad y sus márgenes. Este proceso de difusión es fundamental, ya que amplía la base de crecimiento de utilidades y reduce la dependencia exclusiva de las grandes tecnológicas. De hecho, se observa ya una tendencia hacia un crecimiento más equilibrado de las ganancias corporativas fuera del núcleo de las mega-caps, lo cual empieza a respaldar las valoraciones actuales desde una perspectiva más amplia.
Este punto es clave para entender el debate sobre las valuaciones. A simple vista, los múltiplos de mercado pueden parecer elevados en comparación con estándares históricos. No obstante, una parte importante de esta expansión responde a una revisión al alza en las expectativas de utilidades, impulsada justo por la implementación de la inteligencia artificial. En otras palabras, el mercado está operando bajo una lógica forward looking en la que el incremento en precios no es sólo resultado de una expansión de múltiplos, sino también de una mejora esperada en los fundamentales. El riesgo, por tanto, no radica sólo en el nivel de las valuaciones, sino en la posibilidad de que exista una brecha entre las expectativas implícitas en los precios y la velocidad real de monetización de la tecnología.
A pesar de estos elementos de soporte, existe un factor de fragilidad que no puede ignorarse: la concentración del mercado. El peso de las compañías vinculadas a la inteligencia artificial dentro de los principales índices ha alcanzado niveles históricamente elevados. En 2026 estas empresas representan cerca de 45 por ciento del S&P 500, mientras que el grupo de las principales diez compañías concentra más de un tercio del índice. Esto implica que, aunque el mercado aparente diversificación, su comportamiento depende en gran medida de la evolución de un número reducido de emisoras. En consecuencia, el riesgo sistémico se ha transformado en un riesgo de ejecución concentrado: cualquier decepción en resultados por parte de estas empresas puede tener efectos desproporcionados sobre el conjunto del mercado.
Este fenómeno de concentración puede intensificarse en los próximos años. El panorama bursátil está a punto de transformarse radicalmente con la llegada de una serie de ofertas públicas iniciales (OPI) sin precedente. Las corporaciones privadas más valiosas del mundo en este sector, como SpaceX, OpenAI y Anthropic, están ejecutando su entrada a los mercados públicos, atrayendo una atención histórica.
Recientemente, SpaceX presentó su solicitud oficial para cotizar en bolsa, con una expectativa de capitalización que puede oscilar entre 1.75 y 2 billones de dólares (escala larga, millones de millones). Esta valuación estratosférica contrasta con la generación de utilidades actuales muy pequeñas. Un ejemplo claro de que las expectativas en estas compañías son gigantescas hacia adelante.
Por su parte, las proyecciones financieras apuntan a que OpenAI, cuya última valoración privada rondaba 852 mil millones de dólares, puede superar los 1.4 billones de dólares en su primer día de operaciones tras presentar su solicitud confidencial. Anthropic sigue de cerca esta tendencia, con expectativas del mercado que indican que puede superar 1.8 billones de dólares en su debut, respaldado por la proyección de su primer trimestre con rentabilidad neta positiva.
Desde esta perspectiva, la eventual incorporación de dichas corporaciones privadas al mercado público no sólo implicará una redistribución significativa de flujos de capital, sino también un aumento adicional en la concentración de los índices, dado su tamaño potencial y su impacto en el sector tecnológico. De hecho, estimaciones sugieren que estas tres empresas pueden llegar a representar alrededor de 7.5 por ciento del Nasdaq 100, un peso comparable o incluso superior al de algunas de las grandes tecnológicas actuales.