Situarse en la posibilidad de identificar en un sistema educativo los elementos que están presentes en su organización, en el conocimiento de la lógica de su funcionamiento y en la multitud de relaciones causales y funcionales que se establecen en su interior, es reconocer en ello la complejidad de su vida institucional donde se manifiesta la coexistencia del orden y el desorden y que por tanto su indagación tendrá como punto de partida para la comprensión de la dinámica existente, la trama de relaciones internas y externas. Para Edgar Morin (2001) la complejidad es un tejido (complexus: lo que está tejido en conjunto) de constituyentes heterogéneos inseparablemente asociados: presenta la paradoja de lo uno y lo múltiple. Menciona que al mirar con más atención, la complejidad es, efectivamente, el tejido de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, determinaciones, azares, que constituyen nuestro mundo fenoménico. Así es que la complejidad se presenta con los rasgos inquietantes de lo enredado, de lo inextricable, del desorden, la ambigüedad, la incertidumbre... De allí la necesidad, para el conocimiento, de poner orden en los fenómenos rechazando el desorden, de descartar lo incierto, es decir, de seleccionar los elementos de orden y de certidumbre, de quitar ambigüedad, clarificar, distinguir, jerarquizar... Pero tales operaciones, necesarias para la inteligibilidad, corren el riesgo de producir ceguera si eliminan los otros caracteres de lo complejo; y, efectivamente, como lo indica, nos han vuelto ciegos.
La noción de complejidad, si bien resulta intuitivamente clara en muchas ocasiones y contextos, se presta a interpretaciones conceptuales muy diversas. A veces, por ejemplo, decimos que una realidad es compleja cuando simplemente no la entendemos o, mejor dicho, cuando nos damos cuenta de que somos incapaces de comprenderla, de que nos rebasa intelectualmente. Desde este punto de vista, la complejidad no sería un atributo del objeto, sino más bien del sujeto: indicaría que éste carece de medios para abarcar conceptualmente ese objeto -y que él mismo es consciente de este hecho.
Mas la complejidad no es un fenómeno que resida tan sólo en el sujeto del conocimiento. No es meramente un reflejo, proyectado sobre el objeto, de la conciencia de nuestra propia ignorancia, de los límites que tiene nuestra capacidad de intelección de una particular realidad. El sistema educativo constituye un subsistema que ocupa una posición central en el seno de los países desarrollados; esa centralidad que, por la fuerza de los hechos, ha adquirido dicho sistema en las sociedades avanzadas hace que éstas deban compartir, necesariamente, con aquél el peso de su elevada y progresiva complejidad. En el marco de un estudio más general, Jacques Lesourne (1993) presenta una colección de hasta once razones que justifican sin paliativos la consideración de los sistemas educativos como altamente complejos:
1. La complejidad del sistema educativo procede, en primer término, de su objeto que no es otro que el de transformar a los seres humanos.
2. La dimensión del sistema es considerable.
3. La complejidad formal, que se manifiesta en aspectos tales como la estructura del sistema, el organigrama funcionarial y jerárquico, la diversidad del profesorado, la abundancia de normativa, la variedad de las titulaciones, etc.
4. La complejidad informal, que surge de las interacciones presentes en el interior de los centros al margen de las orientaciones que dimanan de la autoridad central.
5. La ambivalencia del sistema educativo que se presenta como fuertemente cerrado y, a la vez, como extremadamente abierto a la sociedad.
6. El sistema educativo opera en el largo plazo.
7. El sistema educativo está implicado en el sistema económico.
8. La medida de los efectos del sistema educativo es imprecisa.
9. La dificultad de evaluar el grado de consecución de sus fines y objetivos globales.
10. La dificultad de articular políticas carentes de toda ambigüedad.
11. El sistema educativo constituye una zona de conflictos.
Coherentemente con el análisis anterior no es de extrañar que Lesourne concluya afirmando que "ocuparse del sistema educativo es ocuparse de la complejidad". Si esto es cierto -y parece serlo a primera vista- la reflexión sobre el sistema educativo, sobre sus reformas y, en general, sobre las políticas que le son características no puede ignorar esa nueva lógica, esa nueva epistemología y, en fin, esa nueva forma de pensar la realidad física, natural y social que a lo largo de las dos últimas décadas se ha abierto camino en el panorama de la ciencia contemporánea y que se alberga en el llamado paradigma de la complejidad.
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