En la vida cotidiana observamos recurrentemente acontecimientos, personas, movimientos, posturas, etc. de manera intencional o espontánea. A partir de ello, vamos construyendo conocimiento y configurando nuestra experiencia. Este ejercicio de observación, podemos concebirlo, en una primera acepción, como un ejercicio de mirar con atención algo, examinarlo; en una segunda acepción, “cumplir lo que se manda y ordena”, o bien una tercera acepción asociada a la vigilancia y control. Por ahora nos interesa la primera. Podemos preguntarnos entonces, a propósito de transitar hacia formas pedagógico-didácticas diferentes: ¿Qué observamos en nuestra práctica docente cotidiana? ¿Qué observamos del contexto? ¿Qué observamos en las relaciones pedagógicas? ¿Qué observamos en los procesos áulicos?
El enfoque curricular y pedagógico de la Nueva Escuela Mexicana nos propone un punto de partida interesante: la lectura de la realidad. ¿Qué leemos? ¿Cómo leemos? ¿Para qué leemos? Para “leer la realidad” es necesario observar, mirar el contexto, sus condiciones, a nuestros alumnos, a madres y padres de familia, sus relaciones, lo que dicen y lo que no dicen, y registrarlo, invariablemente, registrarlo, para posteriormente dar vida a una de las bondades de la observación, el análisis de la realidad. En este proceso, es dónde nuestra mirada se educa. Se alimenta y se ilustra, ampliando nuestro horizonte de comprensión, particularmente de nuestra práctica.
Educar la mirada significa la capacidad para articular el conocimiento con la realidad observada, además de focalizar el acontecimiento para inferir, derivar y establecer rutas de análisis. Tener la mirada educada nos permite situarnos en un nivel superior para advertir lo que comúnmente no se ve. Una mirada educada nos ayuda a comprender y explicar en un sentido dialéctico. Nuestra práctica, aparece con claridad y se distancia de la opacidad. Las incertidumbres iniciales encuentran puntos de enlace hacia la comprensión.
Una mirada educada nos coloca en otra posición y disposición ante el acontecer educativo. Nos ofrece claridad de pensamiento para interpelar lo instituido, el statu quo. Le da sentido a nuestras acciones y nos permite entender las relaciones sociales de manera distinta. Transforma nuestro pensamiento y nos posibilita contribuir a generar sociedad y cultura.
Educar la mirada se constituye así, en un punto de partida para comprender lo educativo, las relaciones entre o micro-social y macrosocial y hacer frente a los desafíos epistemológicos que nos presentan las reformas curriculares. Nos coloca en zonas de posibilidad más nítidas para comprender e intervenir en nuestra práctica docente, con sentido y pertinencia.