Un concepto que Friedrich Nietzsche planteaba con reservas, ante la decadencia de Occidente, era el del eterno retorno. Se fundaba su temor en que, si el hombre era incapaz de dar el paso a una existencia superior, acaso hacia el hipotético superhombre, liberado por la muerte de Dios, el eterno retorno supondría un regreso infinito de su fracaso.
El multihomicidio de Atizapán hace eco de ese temor. El hecho sacude más por la deshumanización que exhibe que por una eventual novedad. Porque esa malhadada cinta ya la vimos. Un crimen semejante que estremeció a finales de los años 50 a un pequeño pueblo de Kansas, primero, después a una nación y luego al mundo, es la anécdota con la que Truman Capote funda la nonfiction novel a la voz de A sangre fría: el cuádruple asesinato de una familia.
Inspirado en esa obra, el francés Emmanuel Carrère indaga el caso de un sujeto que en los años 90 se hizo pasar por médico de la Organización Mundial de la Salud, estafa a todo mundo y cuando es pillado, años después, mata a su esposa e hijos y finge un incendio del que él sale milagrosamente vivo. Enjuiciado y condenado, el asesino se convierte en una obsesión del autor, que investiga y escribe su aclamado libro El adversario, aunque se suma como personaje, a diferencia de Capote.
En México ya Jorge Ibargüengoitia nos contó los crímenes de Las Poquianchis en Las muertas, la explotación sexual y el homicidio de mujeres en el Guanajuato rural de los años 70, y Vicente Leñero reporteó la muerte a machetazos de una pareja de ancianos imputada a su nieto Gilberto Flores Alavez, publicada como reportaje novelado en el libro Asesinato en 1985. Fue la misma conmoción de cuando se conoció el caso llevado al cine por Felipe Cazals con el título Los motivos de Luz, del que décadas después salió inocente la madre acusada de matar a sus cuatro hijos.
El caso Atizapán ilustra que el eterno retorno, como temía Nietzsche, es el regreso infinito del fracaso del hombre, de la decadencia de la humanidad.