Cuando uno lee las cuitas en torno al bar del Hotel Capri de La Habana, donde “Ella cantaba boleros”, en Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, y el final de aquellas noches de cabaret después de que los artistas fueron sacados de la fiesta para ser lanzados a la zafra con el triunfo de la revolución de Fidel Castro, como consta en un cuento de Leonardo Padura, pudiera pensarse que es un asalto de pura nostalgia por los años 50 y 60.
Yo no había leído a Cabrera Infante ni a Padura cuando visité la isla, en 1993. Un calor de 40 grados recibió al avión de Cubana. Obtenido el vuelo con un paquete en inmejorables condiciones, gracias a un intercambio del diario La Jornada con una operadora de viajes, que incluía hospedaje durante siete días, llegué a La Habana con dos colegas solo para darnos cuenta de que nadie nos esperaba para conducirnos al sitio de alojamiento.
Pasadas unas dos horas de desconcierto, hablamos con el personal de la línea área, que nada sabía de la mentada empresa operadora de viajes y solo podía responder por el transporte aéreo. Un chico mulato, acaso un poco mayor que los viajeros mexicanos, se acercó y nos dijo, palabras más, palabras menos: “no se preocupen, que yo los llevo a un hotel donde los van a recibir sin problemas”.
Nos trepamos a su vehículo y sin mayores referencias ni indicaciones, después de un relato sobre los sitios que íbamos dejando atrás en el recorrido, llegamos al mismísimo Hotel Capri, en la zona del Vedado, con el célebre Hotel Nacional a espaldas, un poco más distante del malecón. El conductor intercambió un par de frases con un empleado y nos dieron acceso sin preguntar nada más que cuántas noches íbamos a pasar ahí.
Así conocí el bar del sótano del Capri y su atmósfera tan vívida como la narrada por Cabrera Infante y después por Padura, quien me atajó en una entrevista de próxima publicación para decirme que sí que ha cambiado esa capital y de esa evolución da cuenta en su novela Ir a La Habana (Tusquets, 2024).