En una novela digna de premio, quizá por eso ganó el Herralde 2025, el argentino Pablo Maurette lleva al narrador de El contrabando ejemplar a parafrasear con no poco humor el célebre íncipit de Gabo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el comandante Ernesto Guevara habría de recordar aquella tarde remota en que…”. Sacado de la manga, el recurso me hizo reír y recordar algunas tramas que tienen como núcleo precisamente ese momento climático en que un hombre será ejecutado.
El cuentista Julio Torri decía, por ejemplo, que el fusilamiento se practica a las primeras horas de la madrugada. “Hasta para morir precisa madrugar”, le decía lúgubremente en el patíbulo un condiscípulo suyo, “que llegó a destacarse como uno de los asesinos más notables de nuestro tiempo (1940)”. Y aprovecha para darle un divertido rayón a los periodistas improvisados para cubrir esos episodios.
Más enigmático, Jorge Luis Borges nos relata en “El milagro secreto” (1944) cómo un judío condenado al paredón, el escritor Jaromir Hladík, teme ser ejecutado sin haber concluido su drama “Los enemigos”, por lo que en un sueño pide a Dios que le conceda un año para consumarlo. Una vez llevado por la Gestapo a morir, sintiendo una gota de lluvia sobre su frente antes de la orden de abrir fuego, advierte que el tiempo se ha detenido y urde mentalmente su obra hasta la culminación. En ese momento, la gota termina de resbalar por su rostro y se escucha el estruendo de los fusiles.
Ya en tiempos más recientes, la narradora Amélie Nothomb ha echado mano de una remota anécdota de su padre, cuando era diplomático y fue retenido en el Congo, como trama de la novela Primera sangre (Anagrama, 2023), en la que el personaje evoca su infancia en la Bélgica urbana, con escapes veraniegos a la zona rural, donde se encuentra con unos extraños parientes que en algo forjarán su carácter de adulto, todo frente a un pelotón de fusilamiento que al final no acabará de ejecutar su misión.