Vargas Llosa cierra la puerta del “boom”

Ciudad de México /

Ya último sobreviviente de su generación, Mario Vargas Llosa (1936-2025) anticipó hace unos años, sonriente, con la complicidad del auditorio principal de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara abarrotado de sus devotos, que a él le tocaba cerrar la puerta de los novelistas del boom latinoamericano.

No poca cosa, habida cuenta de que fue él uno de sus primeros y principales exponentes con la publicación de su novela inaugural La ciudad y los perros (1963), sobre las andanzas como cadete en su Perú natal, y partiendo ahora después de haber lanzado unos años atrás apenas una última novela con el tema de la dictadura, tan caro para los autores de la región, Tiempos recios (2019), en la que aborda la dictadura en Guatemala en los años cincuenta, sin dejar de recordar además una obra central en su camino al Premio Nobel: La fiesta del Chivo (2000), basada en el sangriento mandato de Leonidas Trujillo en República Dominicana.

Esas tres obras conforman la columna vertebral narrativa de Vargas Llosa, que ganó todos los premios posibles de letras, incluidos los dos más importantes para un autor de lengua española: el Cervantes en 1994 y el Nobel en 2010. Tenía además las nacionalidades española y dominicana, pero cultivó muchos afectos con Francia desde su época juvenil como reportero de Radio France en París, donde conoció a Jorge Luis Borges en una conferencia en la que el genio sorprendió a la concurrencia con una cátedra en francés antiguo. Años después decía que estuvo tres veces con el argentino, pero nunca se atrevió a preguntarle si lo había leído.

En una charla en la UNAM nos contaba de sus correrías en Francia, que era donde en realidad se conocían los autores latinoamericanos en aquella época, o en Barcelona. Sus días de parranda con sus “compadres” Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar. Decía que el argentino se les perdía a medio festejo y lo reencontraban días después.

—¿Adónde fuiste? —le preguntaban, curiosos, sus contertulios.

—Ah, me fui a escribir un capítulo de Rayuela.

Lo decía Cortázar como cualquier cosa, como si dijera que había ido a cumplir con alguna banalidad, relataba Vargas Llosa en esas sesiones en Ciudad Universitaria de los años noventa a las que era asiduo cada que visitaba México, país entrañable para él, además, por su presencia constante en la Feria del Libro de Guadalajara y por su sólida amistad con Octavio Paz, de la que se recuerda a menudo aquel coloquio organizado por Vuelta a principios de los años noventa en el que el peruano llamó “la dictadura perfecta” a aquel México gobernado por el PRI.

En otra visita a CU relataba cómo encontró el humor en su narrativa, “lo más difícil para un escritor”. Cuando escribía su novela Pantaleón y las visitadoras (1973) debía presentar un texto como si de un memoranda militar se tratara, con ese discurso propio de los uniformados, mediante el que se iba a solicitar acceso para unas chicas, pero a la vez habría que tener cuidado con la censura, de lo que derivaron unas páginas de alarido.

Aquellos afectos con Francia lo llevaron, en los últimos años de su vida, a ser elevado a la Academia Francesa de la Lengua, esa que le negó un asiento a Honoré de Balzac. Su deterioro de salud, dada su avanzada edad, lo obligó a retirarse del periodismo, que ejerció casi a lo largo de toda su vida, con una enérgica posición contra las tiranías y después contra las izquierdas, y después de la literatura. En años recientes se le veía en familia, recorriendo algunas calles del Perú que noveló, gracias a los mensajes que su hijo Álvaro subía a redes sociales.

América Latina, la lengua española, la literatura mundial, han perdido a un monstruo. Buen viaje, Mario.


  • Alfredo Campos Villeda
  • Director de @Milenio Diario. Autor de #Fusilerías y de los libros #SeptiembreLetal y #VariantesdelCrepúsculo. Lector en cuatro lenguas. / Escribe todos los viernes su columna Fusilerías
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