Hace un par de años, en Riad, estaba formado en una cafetería detrás de una mujer y cuando tocaba su turno el hombre que tomaba las órdenes de la clientela le exigió con pocos modales hacerse a un lado para atenderme. Ella obedeció sin resistencia alguna. Quise explicar al sujeto que ella iba primero, pero farfulló que estábamos en Arabia Saudita y que las cosas son así en esa parte del planeta.
Bien, pues en Irán las cosas están peor que en Arabia para los que disienten y para todas las mujeres desde sus propias casas, a juzgar por lo que nos enteramos mediante la prensa internacional y por testimonios directos, en mi caso, de la escritora Parinoush Saniee y de Taghi Rahmani, esposo de la premio Nobel Narges Mohammadi, ahora condenada a siete años de cárcel, con quienes he tenido la oportunidad de conversar sobre el tema.
Cuando uno conoce estos hechos enfrenta siempre el dilema de cómo evaluar una intervención extranjera, que de tener éxito derrocando al régimen en cuestión, acarrea al mismo tiempo muerte y destrucción, además de existir siempre intereses específicos más allá de liberar a una nación. Como hoy es imposible definir qué persigue Donald Trump (robar petróleo, distraer del caso Epstein, locura...), no hay modo razonable de respaldar su injerencia.
Hará cosa de treinta años se debatía sobre el tema cuando Argelia apostaba al integrismo y después vivió diez años de enfrentamientos entre esa fuerza armada vinculada al islamismo contra la dictadura militar corrupta. ¿Era deseable una intervención extranjera, acaso francesa, para frenar aquella catástrofe? De tiempo atrás se sabe, por otra parte, que los Cascos Azules de la ONU no son una opción.
Hoy la mirada está puesta en América Latina, donde Trump tiene amenazados a Colombia, a México y, sobre todo, a Cuba, donde la inminencia de ataque para acabar con un régimen caduco, que data de 1959, ha motivado el absurdo, en el colmo de la propaganda, de armar al anciano Silvio Rodríguez con un rifle AKM para combatir al gringo invasor.