Un cambio radical por venir, a partir de la explosión de la tecnología y la apertura que propicia, la transparencia que supone la interconexión y el intercambio de información, deberá ser que la historia sea menos injusta de forma gradual, tema tan caro para Stefan Zweig, quien alegaba que en cada época se va reproduciendo la máxima cruel de que a quien ya tiene se le dará aún más.
Decía que la historia se inclina, como la mayoría de la gente, del lado del éxito, y también engrandece a posteriori a los vencedores y empequeñece a los vencidos. También es cierto, creo yo, que cuando la infamia alcanza a estos poderosos el embate histórico es fulminante, aunque siempre queden adeptos transgeneracionales, como los neonazis o las derechas pinochetistas vigentes.
Instalados en nuestra época, pienso en la forma en que trascenderán en la memoria colectiva gobernantes como Angela Merkel y Donald Trump, que bien pueden representar los extremos de una actividad que suele mover poder: la política. Zweig dice que el poder es la materia más misteriosa del universo, porque ejerce una atracción magnética sobre el individuo y una atracción sugestiva sobre la masa.
La gente rara vez pregunta dónde se ha adquirido ese poder y a quién se le ha quitado, sino que simplemente acepta ciega su existencia como una potenciación de la suya. La propiedad más peligrosa de los pueblos, continúa el austriaco, ha sido someterse voluntariamente a su yugo y precipitarse entusiasmados en la esclavitud. “Y sobre todo en la esclavitud del éxito”, apunta en un texto de 1922.
Los medios actuales pueden crear una figura de éxito en segundos, como las redes sociales y su explotación imparable de la inteligencia artificial. Pero también pueden derrumbar ídolos a esa velocidad. El éxito auténtico, la fama bien ganada, serán más perdurables y también el olvido para los farsantes. Quizá con nuevos elementos de juicio la historia sea menos injusta de la que pintaba Zweig en El legado de Europa (Acantilado, 2003).