M+.- Ya pasaron 26 años desde el estreno de Amores perros, la película escrita por Guillermo Arriaga y dirigida por Alejandro González Iñárritu. El vértigo de su trama dividida en tres historias concurrentes había generado la expectativa de que podía ganar el Oscar a la mejor cinta extranjera, aun si en mi caso, después de ver El tigre y el dragón, resignado me ahorré la decepción de la ceremonia. De alguna manera, empero, esta obra estaba abriendo espacio para la explosión de cine hecho por mexicanos en Hollywood.
Gracias a los buenos oficios de mi amigo Fernando Llanos, artista visual que mucho tiene que ver aquí, ha llegado a mis manos el libro bilingüe Amores perros, firmado por González Iñárritu y editado por Mack con textos también de Jorge Volpi, Wendy Guerra, Denis Villeneuve y Evis Mitchell. No confundir, por supuesto, con el libro cinematográfico de Arriaga que supuso la historia base para la filmación, el guion, pues, palabra que Guillermo objeta.
En sus 416 páginas asistimos a la génesis de la obra. Nos recibe con un fotograma de la pelea de dos canes en una vecindad chilanga, una peligrosa más allá de la ficción, donde se vendía crack y adonde se dirigía parte de la tropa cuando un comando da chamacos, pistola en mano, los asaltó. Recuerdos, olores, fotos, los aplausos en Cannes por el Premio de la Semana de la Crítica.
El relato de González Iñárritu es un ejercicio parecido al de la reunión de egresados un cuarto de siglo después. Por su texto, fotos y apuntes a mano, desfilan Gael García Bernal, Vanessa Bauche, Adriana Barraza, Rodrigo Prieto, Brigitte Broch, Emilio Echevarría y Álvaro Guerrero. Cineasta al fin, se ve tomando un martini mientras Bertolucci le da la mala noticia de que después de su primera película, la cosa se pone peor, y a Godard oficiando que la historia debe tener principio, medio y final, pero no siempre en ese orden.
Luego el storyboard y las indicaciones, las transiciones y la contrapicada. Y las fotos: Vanessa bella y juvenil caminando frente al rottweiler, Goya Toledo diosa ensangrentada en el asiento del auto, El Chivo y compañía peluda acostados, Arriaga y González Iñárritu abrazados, como siempre debió ser. Vaya ipso facto por su ejemplar.