El hermoso volumen El vértigo de las listas (Lumen, 2009), de Umberto Eco, detonó en la memoria aquella relación de Jorge Luis Borges en el poema “Las causas”, en la que nos cuenta todo lo que tuvo que pasar para que alguien tocara su mano. El argentino figura en algunos pasajes del libro con otras piezas, como su bestiario, pero en un capítulo titulado “La enumeración caótica”, el sabio italiano hace énfasis en otras selecciones heterogéneas, como “La cena de Cipriano”, texto en el que los personajes bíblicos aparecen en situaciones absurdas en el transcurso de una fiesta.
En esa clasificación de listas peculiares puede caber la que libera cada año la revista Time a propósito de los personajes más influyentes, en la que por segundo año consecutivo aparece Claudia Sheinbaum, a quien reconoce la lección de diplomacia que regaló toreando a Donald Trump con los aranceles y su combate al narcotráfico, sobre todo por la caza de El Mencho. En el mismo listado, sin embargo, figura gente tan distante entre sí como el actor Benicio del Toro, el diseñador Ralph Lauren y el político Benjamín Netanyahu.
Quizá la mayor distinción que pueda dar Time sea la portada para el efecto, que se convierte en emblemática cada año con alguno de los 100 elegidos, aunque los mexicanos no pueden olvidar la tapa con Enrique Peña Nieto y la cabeza “Saving Mexico”, de 2014, habida cuenta del desastre que resultó su generación de gobernadores que encarnaban “el nuevo PRI” y acabaron empantanados en múltiples expedientes por corrupción.
Otra lista que generó polémica estos días fue la de los candidatos al Salón de la Fama del Rock, “esa curiosidad de los estadunidenses” en palabras de Ian Gillan, que ponía en competencia, hágame usted favor, a Shakira con Iron Maiden, como antes hizo con Madonna, la reina del pop, frente a otras leyendas del heavy metal que siguen esperando el reconocimiento. Hay otras selecciones que de hecho sobrepasan a los protagonistas, como la que puso a Brian May como el mejor guitarrista de la historia y le motivó una reacción genial: “en este tema no hay forma de clasificar a nadie mejor que a otro”.
Eso que Eco llamó “el vértigo de las listas”.