En planas de periódico fechadas hace más de un siglo, revisadas a principios de los años noventa para escribir un libro sobre la historia de El Universal en su 75 aniversario, hallé un peculiar anuncio pagado por la embajada de Estados Unidos en México en el que se ofrecía una recompensa a quien diera información sobre el paradero del escritor Ambrose Bierce, quien se armó de valor y cruzó la frontera para unirse a las fuerzas de Pancho Villa en plena Revolución.
Poco antes, en la medianía de los ochenta, Jane Fonda relató un encuentro con Carlos Fuentes a quien preguntó si tenía un personaje literario para que ella protagonizara en cine. El autor le respondió que estaba escribiendo una novela revolucionaria con una treintañera estadunidense como figura, que ella adoptó sin saber más. Gringo viejo se publicó en 1985, basada en el episodio de Bierce, quien murió oficialmente en 1914 en Chihuahua.
Fonda ya no era una treintañera en 1989, como el personaje de Fuentes, pero se adaptó para dar vida a Harriet Winslow y compartir así créditos con el gran Gregory Peck, en el papel del gringo viejo, y Jimmy Smits como el general villista Tomás Arroyo, todos bajo la dirección del argentino Luis Puenzo, recién fallecido en Buenos Aires a los ochenta años y mejor conocido por su película La historia oficial, ganadora del Premio Oscar en 1986.
Yo acababa de leer la novela y de ver la película, cuya adaptación me convenció, cuando encontré aquel anuncio en la hemeroteca de El Universal y busqué publicaciones de Bierce, de quien aquí he reseñado, por ejemplo, su Diccionario del diablo (1906) en edición de Galaxia Gutenberg, ensayo abundante en sátira, sarcasmo e incorrección política.
Les cuento todo eso porque el Fondo de Cultura Económica me acaba de mandar una nueva edición de Gringo viejo, cuidada por María Fernanda Lander para la colección Aula Atlántica, sobre aquel amargo escritor que se fue a México en busca de una muerte digna, acaso ante un pelotón villista de fusilamiento.