Citando al gran Jorge Luis Borges, quien por un milagro secreto partió hace cuarenta años a las ruinas circulares, nadie rebaje a lágrima o reproche esta memoria del poeta con la única meta de honrarlo a propósito de la efeméride luctuosa. Cuesta afrontar su prosa en primera instancia, qué les digo, sobre todo en la adolescencia, como pasó en este caso con el libro Ficciones (1944), que a la luz de décadas de lecturas se ha consolidado en la biblioteca personal como el número uno, si se me permite la temeridad de asignarle una posición.
Sus citas me han acompañado desde entonces y, como sucedía con él mismo y sus obras favoritas, van cambiando hasta convertirse en paráfrasis aptas para romper el vidrio y echar mano de ellas a la menor provocación. Del libro El Aleph (1949) recuerdo más bien no el cuento que le da nombre, sino otro titulado “Emma Zunz” y cultivo su enigmático cierre: “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierto. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”.
Con los mexicanos traía un lío, pese a la admiración que profesaba a Alfonso Reyes (hasta lo propuesto para el Premio Nobel de Literatura), la contemporaneidad con Octavio Paz y la filia con Juan Rulfo. En uno de sus cuentos de Historia universal de la infamia (1935), “El asesino desinteresado Bill Harrigan” o Billy The Kid, el narrador recuerda que este célebre forajido llevaba en la cacha de su revólver la infausta cifra de víctimas con muescas, un total de 21, acaso, “sin contar mejicanos”.
Gran emoción me motivó escuchar a Mario Vargas Llosa que, como reportero, conoció al genio argentino en París, cuando dictó una cátedra en francés antiguo, y leer a José Emilio Pacheco citando a François Mauriac con aquello de que América Latina ya tenía a Borges y Francia seguía rumiando en los establos del naturalismo.
¡Salve, Maestro !