He visto con interés un par de ilustraciones en redes sociales en las que aventuran una alineación ideal futbolera de España y otra de Francia, pero con escritores, entre los que destacan, ya puede usted imaginar, nombres legendarios como Cervantes y otros del Siglo de Oro, Machado, García Lorca y Jiménez, por la Furia, y Dumas, Molière, Balzac, Proust, Camus, Hugo y más estrellas por los que se cuadran a las notas de “La Marsellesa”.
Ignoro si la idea era rescatar sólo hombres, es decir, un equipo para un Mundial varonil en esa azarosa selección, pero haciendo un ejercicio de dirección técnica con mi colega Carlos Sánchez, El Conde, llegamos a la conclusión de que la escuadra mexicana no podía prescindir de una pieza que, si bien no necesariamente jugaría el papel de capitana, sí de cerebro con el número 10 en la camiseta: sor Juana Inés de la Cruz. Y no crea que entra en el supuesto de los naturalizados.
Mire usted. Nos cuenta el francés J. M. G. Le Clézio (1940), premio Nobel de Literatura, en su más reciente libro, Tres entradas a México (Bonilla Artiga Editores, 2025), que la monja nació en medio de la nada en el pueblo de Nepantla, no muy lejos del lago de Texcoco, de madre criolla, Isabel Ramírez de Santillana, y padre vasco, el capitán Pedro Manuel de Asbaje (o Asuaje) Machuca, sujeto que no se casó con la señora y abandonó a la familia.
Viajó con su madre a Amecameca, en las faldas del Popocatépetl, donde aprendió a leer y a escribir con ayuda de las religiosas convirtiéndose en una aficionada a los libros del abuelo, obras de Ovidio, Horacio, Virgilio, Platón, Aristóteles y Lucrecio, lo que dio pie a la leyenda de que cultivaba ese hábito, pero directo del latín, desde los tres o cuatro años. Como los tiempos no eran favorables para las inteligencias finas, nos contextualiza Le Clézio, Juana Inés descartó un matrimonio arreglado para salir de casa, se fue de novicia con las carmelitas descalzas a la Ciudad de México y su fama de niña prodigio la lanzó a la corte virreinal.
Escribió una obra original practicando la poesía en todas sus formas, dice el Nobel francés, imitando los aleteos amorosos. Por eso, ella portaría el 10 en un potencial tricolor de escritores mexicanos.