Hace años un colega se mofaba de que ya nada le faltaba por ver en su carrera periodística después de que el escritor Carlos Monsiváis comenzó a acompañar a Andrés Manuel López Obrador, “en calidad de jilguerillo”, a las giras de su eterna campaña presidencial. Hoy habrá quienes crean también que han visto suficiente, pero presenciar la transformación de un presidente estadunidense en globalifóbico sí que tiene su novedad.
Después de la caída del Muro de Berlín hubo agitaciones en varias latitudes, quizá ninguna de la misma envergadura del colapso soviético y de sus satélites europeos, pero sí de una dimensión que las llevó al plano internacional, como el movimiento globalifóbico o altermundista, con la sola diferencia de concepto, acaso, de que el primero abjuraba del proceso histórico y el segundo buscaba hacerlo de otra manera, ya sabe usted, más justa y equitativa.
Las principales impulsoras de la globalización fueron siempre las potencias occidentales y por eso cada cumbre que las reunía, fuera del Grupo de los Ocho o Siete más uno (Rusia), no se diga la cita anual del Foro Económico de Davos, concentraba una gran cantidad de detractores, sobre todo jóvenes, que organizaban protestas de gran calado devenidas no pocas veces en batallas campales y despliegue policiaco presto a la contención… y a la represión.
Hubo muertos que se convirtieron en celebridades de la causa, como el chico italiano abatido por un carabinieri, en defensa propia, cuando aquél iba a agredirlo con un extintor, o el coreano que se apuñaló con arma blanca, trepado en un enrejado que cerraba el paso a los manifestantes, durante una reunión de la Organización Mundial de Comercio en Cancún y cuyas imágenes le dieron el Premio Nacional de Periodismo a Jesús Villaseca, de La Jornada.
Pero en una época diferente, una veintena de años después, los ropajes parecen cambiar de personajes y vemos una China que practica el capitalismo salvaje y un Estados Unidos privilegiando el proteccionismo, el mundo al revés, además de revivir sus apetitos anexionistas y ahora, en voz de su secretario de Comercio en Davos, combatiendo la globalización por no ser más que “una política fallida”.
Una Casa Blanca globalifóbica.