Cioran y Conan Doyle

Ciudad de México /

Acaso una de las historias más conocidas sobre escritores que se arrepintieron de sus obras, y piden o dejan dicho —sin éxito— que sean destruidas, es la de Franz Kafka, pero hay dos episodios que el fusilero recupera hoy, uno similar pero solo en relación con un título, otro en el que un personaje dado por muerto es aclamado por lectores y editores y el autor lo devuelve a la vida para protagonizar nuevas andanzas.

“Pensar es meditar el desastre”, escribe un joven Emil Cioran (1911-1995), rumano refugiado en el París ocupado de la Segunda Guerra Mundial, en un libro que titula Bréviaire des vaincus (Breviario de los vencidos), del que la editorial L’Herne ha publicado una bella edición.

Fue en esa época que el autor abrazó con no poco orgullo malicioso la condición de métèque, voz francesa que es una variante peyorativa de extraño o extranjero, quizá fuereño o forastero y que, por cierto, Georges Moustaki (egipcio de nacimiento, con nacionalidad griega-francesa) evocó en una célebre canción de 1969. En suma, Cioran se encontraba —dicen Gina Puica y Vincent Piednoir, traductores de esta obra del rumano al francés— en una encrucijada esencial de su vida: entre un pasado incendiario y un porvenir calcinado. En un presente de cenizas ya frías.

Entonces era un autor desconocido, pero en noviembre de 1975, cuando ya escribía directo en francés y tenía un nombre en el mundo de la literatura, Emil envía una carta a su hermano Aurel, quien había comenzado a transcribir el manuscrito original del Breviario: “Gracias por tomarte la molestia de transcribir mis divagaciones más o menos juveniles (…) Te aconsejo destruir todo eso. Eso pienso, por cierto, de todos mis escritos en rumano. No es necesario que quede la menor huella”.

En 1993, después de una edición rumana en Humanitas, Alain Paruit ofrece una versión francesa del Breviario que Cioran había juzgado, desde 1963, “ilegible, inútil, impublicable”. Su hermano, por supuesto, ignoró el consejo del escritor. Pero apenas después de su muerte, en 1995, fue descubierta una segunda parte del volumen, auténtico diario del espíritu del escritor que sondea a un tiempo con la poesía y a otro con el lirismo los matices de esa desesperanza única, del loco encanto de lo irreparable, del triunfo absoluto de la identidad.

***

Arthur Conan Doyle (1859-1930) llegó a hartarse de su criatura Sherlock Holmes. El hastío llegó al límite. Y mató al personaje. Lo hizo sin testigos, sin levantamiento del cadáver, sin constancia de la muerte. Se dio la maña, conocedor él de los vericuetos forenses por su profesión de médico, que abandonó a los cinco años de ejercicio.

Sin embargo, lectores y editores acosaban al autor, que se había dado a la tarea de inventar otras figuras, pero ninguna daba la talla del investigador de Baker Street. Resucitado con las artes de la literatura, Sherlock y su autor fueron blancos de severas críticas de quienes veían una versión deslavada del “original”, ajeno a esa capacidad deductiva y excéntrica que lo hizo famoso.

Amando Lázaro Ros, traductor al español de varias obras posteriores a la “resurrección”, tacha tales reclamos de quisquillosidad excesiva. “El personaje va adquiriendo por momentos madurez, aunque haya perdido, como reflejo de lo que acontecía al autor, un poco de ímpetu juvenil. ¿Qué autor, por grande que sea su genio, es capaz de mantener la vitalidad de un personaje a lo largo de un ciclo de seis decenas de novelas esparcidas en un periodo de más de treinta años? Forzosamente han de advertirse ligeros altibajos en tan larga carrera”.

La leyenda Sherlock Holmes impactó en escritores de las dimensiones de Jorge Luis Borges y en múltiples cineastas, así como en productores de televisión, que toman a la criatura de Conan Doyle para pergeñar las propias, hoy disponibles para cualquier navegante de Netflix, en series como Doctor House y Elementary.

A propósito de la famosa frase “Elemental, mi querido Watson”, que suele citarse como propia del detective, hay quienes se han dado la tarea de revisar la obra completa y juran que no la hallaron, si bien conceden que las palabras separadas sí aparecen a lo largo de la saga. Cosas estas, como dice Ros, de “quisquillosidad excesiva”.

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  • Alfredo Campos Villeda
  • Director de @Milenio Diario. Autor de #Fusilerías y de los libros #SeptiembreLetal y #VariantesdelCrepúsculo. Lector en cuatro lenguas. / Escribe todos los viernes su columna Fusilerías
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