Fusilerías

El hombre que no revisaba pernos

Alfredo C. Villeda

El juego del calamar o A puerta cerrada de Jean-Paul Sartre. El principio es el mismo en la adictiva serie de Netflix y la obra de teatro existencialista: el infierno son los otros. Encerrados y acechados, los demás son el peligro. Arthur Rimbaud recogió de los antiguos libros sagrados de India la certeza aquella de “Yo es otro” y un francés anterior, Luis XIV, el Rey Sol, fue absolutista, si se quiere literalidad, con eso de que “el Estado soy yo”.

La sección mexicana en la materia es pródiga, pero no en riqueza de ideas que innoven aquellas sentencias inteligentes y debatibles, sino en su forma menos pulida, silvestre, cimarrona por decir lo menos: el objetivo, al final de cuentas, es deslindarse de responsabilidades mediante subterfugios, trampas del lenguaje y la típica salida de acudir a un lugar común, a un dicho, a un refrán.

Enrique Peña Nieto no se detenía en empresas difíciles como pensarle antes de responder, habrá que imaginar que estaba con la mente en blanco, y sin mayor sobresalto recurría a la Biblia: asunto resuelto. Pero si le preguntaban por algo más mundano que las lecturas que lo han influido, como el precio del kilo de tortilla, el entonces presidente reaccionaba ipso facto: “Yo no soy la señora de la casa”. Y a juzgar por los ingresos de su entonces esposa, declarados por ella en cadena nacional, pues a saber quién tenía el dato en esa casa. Casota. Blanca.

Otro asiduo a la Biblia, Vicente Fox, echó mano del “¿Y yo por qué?” cuando le preguntaron sobre el asalto al Canal 40 en el Chiquihuite, aunque después fue explícito ante la reportera de Dpa, como hemos recordado aquí antes, a quien confesó en una entrevista de final de sexenio: “Yo ya puedo decir cualquier tontería, total, ya me voy”. Como si no hubiera abierto la boca bastante durante seis años.

Así llegamos esta semana a un episodio más de la serie del Yo y de Los Otros con el canciller Marcelo Ebrard, quien zarandeado por la fiscalía a las órdenes de su adversaria Claudia Sheinbaum, reparte responsabilidades sobre la Línea 12 delimitando, con toda propiedad, las funciones de cada cual con una sentencia inapelable: “Yo no soy el que supervisaba los pernos”. El infierno son los otros.

Alfredo C. Villeda

@acvilleda

OPINIONES MÁS VISTAS