Durante décadas hemos insistido en que la mejora educativa comienza con una reforma, una nueva normativa o un decreto. Cada administración renueva el discurso y ajusta las reglas, pero en las aulas la realidad cambia poco. No es falta de intención, es una confusión de origen: la mejora educativa no ocurre por decreto.
La educación no se transforma desde el papel, sino desde las personas. Ocurre en la práctica cotidiana de docentes y directivos, en la manera en que se toman decisiones, se acompaña el trabajo académico y se construyen relaciones de confianza. Cuando el cambio se impone verticalmente, lo que se obtiene suele ser cumplimiento administrativo, no mejora pedagógica.
La investigación en liderazgo y cambio educativo ha mostrado que los procesos de mejora sostenida requieren algo más que instrucciones. Requieren tiempo, formación, acompañamiento y liderazgo pedagógico. Como ha señalado Michael Fullan, el cambio educativo real no se impone, se construye desde dentro de las instituciones, fortaleciendo capacidades y sentido de propósito.
Mejorar implica crear condiciones para que los docentes reflexionen sobre su práctica, para que los directivos lideren con claridad y coherencia, y para que las comunidades escolares se sientan parte del proceso. También implica reconocer que el cambio genera resistencia y cansancio, y que estos no se superan con órdenes, sino con diálogo y congruencia.
Mientras sigamos confiando solo en decretos y reformas rápidas, la mejora seguirá siendo frágil y superficial. La transformación educativa comienza cuando se entiende que no basta con cambiar las reglas. Hay que cambiar la manera de acompañar, liderar y trabajar con las personas.