Ya todo el mundo habló, analizó, elogió y condenó a Bad Bunny por habernos ofrecido el mejor “show” de un Super Bowl de todos los tiempos.
¿Pero cuál es la nota? ¿Qué es lo verdaderamente relevante aquí? El poder del espectáculo.
Contrariamente a lo que muchas personas suponen, el espectáculo es poder.
Si no me cree, pregúntele a BTS, a Residente o a Enrique Peña Nieto.
Sólo que en esta historia, el poder del espectáculo casi siempre ha estado del lado de las cabezas, de los que manejan el destino de las naciones, de los que juegan con la vida de la gente más humilde.
Bad Bunny, en su presentación en el Super Bowl 60, utilizó el poder del espectáculo para contestarle a las cabezas, para confrontar a los que manejan el destino de las naciones, para responderle a los que están jugando con la vida de la gente más humilde.
Su presentación el domingo 8 de febrero en el evento más importante de la potencia más poderosa del mundo fue, para la humanidad, en este momento, lo que la victoria Jesse Owens para la Alemania de Hitler en los Juegos Olímpicos de 1936:
La demostración más grande de que el señor que está jugando a ser dios, hoy, está equivocado. Una afrenta imperdonable, vergonzosísima, dolorosísima. Un golpe estratégico que aparecerá en todos los libros de historia.
Siempre, absolutamente siempre, hemos tenido un espectáculo de oposición: cantantes contestatarios, ingeniosas actrices de cabaret, caricaturistas irreverentes, prodigiosos artistas del performance.
Pero, aunque muchas de estas figuras, con el paso del tiempo, terminaron por volverse famosas, lo que las hizo grandes fue la clandestinidad.
Las canciones de protesta, por ejemplo, hasta el día de hoy, viajan por lo oscurito.
El pueblo es quien termina por adoptarlas, por hacerlas suyas, por convertirlas en un éxito.
Bad Bunny acaba de volver masivo lo que antes era clandestino. Fue al escenario más amado de Donald Trump a decirle sus verdades en su cara, delante del mundo entero.
Es como si Vicente Riva Palacio hubiera ido al Castillo de Chapultepec a cantarle “Adiós mamá Carlota” a la esposa de Maximiliano de Habsburgo en medio de una fiesta multitudinaria en 1866.
Es un nivel de rebeldía mucho muy atrevido, mucho muy valiente.
Y lo más hermoso de esta nota es que Bad Bunny venció a Donald Trump con valores universales.
Este cantante, de ese ritmo tan “despreciable” llamado reguetón, derrotó al presidente de Estados Unidos con puros valores universales.
Podemos trazar una línea clarísima entre los contenidos de las canciones de Bad Bunny y las de los más grandes entre los grandes como The Beatles.
Benito, como el Cuarteto de Liverpool, sólo habló de amor, de paz, de libertad, de orgullo, de amistad, de comunidad, de lo hermosa que es la familia. La diferencia está en el ritmo.
Y sí, así como The Beatles tuvieron una posición política muy clara y escandalizaron a los conservadores de su época, Bad Bunny y sus amigos tienen la suya y le sacaron muchos sustos a muchas personas.
Perdón pero todavía hay quienes no entienden que una mujer puede perrear sola, que dos hombres pueden amarse sin miedo y que el imperialismo es un pecado.
Hay que estudiar cada toma, cada acorde y cada palabra del show de medio tiempo del Super Bowl 60. Ahí están las claves de lo que desde hoy es una nueva manera de pelear.
Porque si amor con amor se paga, poder también con poder se paga y Bad Bunny le sirvió una sopa de su propio chocolate a Donald Trump.
Obvio, esto no se va a quedar así. Pasarán cosas. Muchas cosas. En ambos frentes. Prepárese. Yo sé lo que le digo.