Veo venir una catástrofe. Por supuesto, hablo de la ceremonia de entrega del Oscar que, como usted sabe, este año va a estar llena de ajustes “pandémicos”.
Por un momento bajémosle a la pasión y entendemos lo que hay aquí: el Oscar es un premio que se entrega a la industria más frívola del mundo para que, por un rato, ponga el acento en otras cosas.
¿Qué cosas? La calidad artística, los contenidos políticos y el uso de más y mejores tecnologías aplicadas a cuestiones sociales.
Esto es lo que normalmente no vemos en los grandes cañonazos hollywoodenses, en los blockbusters, en las películas de verano.
¿Cuál es la bronca? Que las audiencias que consumen lo que hace “la meca del cine” no van a cambiar las comedias juveniles por un tratado sociológico ni los filmes de superhéroes por una reflexión sobre la censura en el espectáculo de los años 50.
Para eso existe el Oscar, para inyectarle publicidad, glamour y suspenso a esta otra parte de la industria y estimular así al público para que vaya a dejar su dinero en las salas cinematográficas.
No es casualidad que el Oscar, como los Golden Globes, se entreguen a principios de año.
Es cuando las audiencias de muchos de los países más ricos del mundo, comenzando por las de Estados Unidos, se niegan a salir de sus casas por las pésimas condiciones climáticas de los lugares en donde viven.
El Oscar no existe para reconocer a la mejor actriz, a la mejor canción o al mejor cortometraje.
Existe para llevar gente a los cines en la parte más cruda del invierno que es, además, cuando las distribuidoras manejan los títulos menos comerciales de sus catálogos.
No son tontas. ¿Para qué gastarían millones de dólares generando contenidos de alto impacto si ya saben que casi nadie los va a ir a ver? Mejor se esperan al verano.
No es un capricho que, hasta hace poco, uno de los requisitos para poder competir por este trofeo haya sido el estreno en salas cinematográficas. El Oscar es un premio para los cines.
¿Por qué le digo que veo venir una catástrofe? Porque la academia se rindió ante el poder que ahora tienen los sistemas de distribución de contenidos en línea como Netflix, Amazon Prime Video y Disney+.
Sí, a pesar del covid-19, vamos a tener Oscar, pero un Oscar en plena primavera, un Oscar que no le va a llevar dinero a las salas cinematográficas, que no va a sacar a las audiencias de sus casas en invierno, que no va a justificar la búsqueda de calidad artística, contenidos políticos ni el uso de más y mejores tecnologías aplicadas a cuestiones sociales.
¿Sí entiende la magnitud de lo que le estoy diciendo? No sólo es un dinero que ya no va a llegar a donde tenía que haber llegado, es el final de un tipo de cine que gracias a la espectacularidad que adquiría con esta fiesta, podía coexistir en equilibrio con las películas más comerciales del planeta.
A partir de este Oscar, ya no. ¿Para qué dejar de ser frívolos si con las plataformas podemos tener lo mismo todo el año? ¿Para qué pelear por otro tipo de inquietudes si ya no se necesitan más allá de los festivales?
Ojo: no estoy diciendo que ahora se van a hacer puras películas machistas, racistas ni clasistas.
Estoy diciendo que los filtros ya no serán tangibles, serán los que pongan los sistemas de distribución de contenidos en línea exactamente como vimos ayer en el anuncio de las nominaciones. Y eso sólo va a beneficiar a las plataformas, no a los cines.
Le voy a poner un ejemplo: muchas personas están muy contentas celebrando la supuesta inclusión que vamos a tener en la premiación de este año.
¿Por qué si este Oscar va a ser tan perfecto, los latinos no figuramos bien? ¿Por qué no hubo nada grande para México?
¿Sabe por qué? Porque nosotros no estamos en el menú de inclusión de las plataformas.
Estábamos en el de Hollywood, pero esto ya no es Hollywood, es el “maravilloso” mundo del streaming donde uno se tiene que chutar, a fuerza, contenidos de países que ni sabíamos que existían pero que ahora debemos consumir porque así le conviene a los intereses de los nuevos dueños del negocio.
Le guste a quien le guste o le moleste a quien le moleste, las plataformas son de nicho.
Y no lo digo por el internet, que es un derecho universal. Lo digo porque, a diferencia de los cines tradicionales, se mueven a través de suscripciones.
Una persona puede ir a ver todas las películas del Oscar que quiera comprando un boleto a la vez. Nadie, en su sano juicio, se suscribiría a todas las plataformas que existen en el mercado para hacer lo mismo.
Por eso le digo que esto va a ser una catástrofe. Quiero ver los ratings de las televisoras que se atrevan a transmitir la ceremonia de este año.
Les va a ir pésimo. De mí se acuerda. Y al futuro del cine, del cine que antes soñaba con llegar al Oscar, igual. ¿O usted qué opina?
alvaro.cueva@milenio.com