No existe nada más importante, hermoso y desgarrador que “20 años después”, el espectáculo inspirado en “Hoy no me puedo levantar” que se está presentando en el Centro Cultural Teatro 1 de la Ciudad de México.
¿Por qué? Porque actualiza el teatro mexicano a un nivel inimaginable, porque sus valores de producción son francamente exquisitos y porque toca el alma del público de una manera sorprendente, rotunda, inolvidable.
“20 años después” no es un “concierto” como están diciendo muchos “especialistas” en medios y redes sociales.
Es algo tan nuevo que la crítica internacional todavía no decide si llamarlo “deconstructive revival”, “deconstructivist revival” o “stripped-back revival”.
Es una tendencia que consiste en tomar un cañonazo del teatro musical y volver a ponerlo en escena pero desarmando el concepto, dejándolo muy expuesto para que las audiencias profundicen en aspectos que tal vez no habían apreciado tanto, como la danza, o cambiando la edad y características de los personajes para llegar a nuevas emociones.
Alan Estrada, que es una de las personas que más saben de esto en toda América Latina, tomó “Hoy no me puedo levantar” y para celebrar 20 años del indiscutible fenómeno del montaje mexicano, la deconstruyó.
El resultado es un “show” que no le pide nada a lo más fino de Las Vegas sólo que con algo que hace la diferencia: lo mexicano.
Cuando uno va a Broadway a ver un musical deconstruido como la magnífica nueva versión de “Sunset Boulevard”, lo primero que le piden a la gente cuando compra el boleto es que no vaya a cantar durante la presentación porque eso la arruinaría.
Cuando uno va a ver “20 años después” no sólo suspira, ríe y llora. Por supuesto que todo el tiempo está cantando, moviéndose y en algunos momentos hasta bailando.
Eso, en lugar de arruinar la presentación, la catapulta, la convierte en algo mil veces más poderoso. Es ese momento mágico en donde uno se apropia de la obra.
Y el más agradecido tendría que ser Nacho Cano, el autor de “Hoy no me puedo levantar”, porque le acaban de hacer el favor de su vida. Esto se va a comprar después de Madrid, en París y en todas partes del mundo.
Por primera vez las mexicanas y los mexicanos sabemos lo que sienten las audiencias de Londres cuando les hacen montajes especiales de aniversario a títulos como “El fantasma de la ópera” en el Royal Albert Hall.
Pero volvemos a lo mismo: la gracia de “20 años después” es que se está presentando en el mismo lugar donde se presentó en 2006. ¿Sabe usted lo que es eso, en términos emocionales, para el público y, por supuesto, para las actrices y los actores?
No se compara con nada. Por eso la estructura de este musical que comienza con un reloj que retrocede de 2026 a 2006 y que acaba con otro que regresa de 2006 a 2026 es tan perfecta como la acción escénica inicial de arrancar poniéndose una chamarra y terminar quitándosela.
¡Esta gente sí sabe! No por nada Alejandro Gou, orgullo de México, es productor en Broadway. No por nada, el equipo que está haciendo con Guillermo Wiechers y Nathan Reed está cambiando la historia.
No le voy a dar detalles para no arruinarle la experiencia. Pero hay cosas, muy puntuales, que no puedo dejar de mencionar.
“20 años después” no es sólo un regalo para todas las que la hacen y la van a ver, ni para todos los que la hacen y la van a ver. Es un muy humilde acto de agradecimiento que destaca porque justo hoy ya nadie es humilde, ya nadie es agradecido.
Se necesita un corazón reforzado para eso y todas y todos en este montaje lo tienen.
Desde Fernanda Castillo, Alan Estrada, Luis Gerardo Méndez, Rogelio Suárez y Gerardo González hasta Érika Tahís, Valeria Vera, Janette Chao y José Daniel Figueroa pasando por la increíble sorpresa de María León, los músicos y un ballet maravilloso que incluye talentos como el de María Perroni Garza, Dalenka Kanemura, Felipe Pardo y un niño cuyo nombre no tengo a la mano pero que robó mi corazón.
Perdón si no las menciono a todas y a todos pero tengo limitaciones de espacio.
Seré breve: aquí no hay ni personajes secundarios ni talentos que no tengan su momento de gloria. Todo está bien hecho. Todo es milimétrico.
Cuando en mi función salió María León, una de las diosas que más amo en el mundo, cantando mi canción favorita de Mecano, juro por Dios que perdí el control y por un momento fue como si todo el teatro hubiera desaparecido y sólo hubiéramos quedado ella y yo, solos, cantando y bailando desenfrenados.
Todavía no lo puedo asimilar, como lo que estos genios hicieron con los videos, la diversidad sexual, el mapping y la nostalgia.
“20 años después” no es una obra de los 80. Tampoco de 2006. Es un ejercicio de introspección sentimental que lleva a cada persona a lo más íntimo de sus recuerdos sin importar si vivieron o no vivieron eso en una época o en otra.
Es muy fuerte porque nos sensibiliza sobre lo que fuimos, sobre lo que perdimos, sobre lo que somos y sobre lo que ganamos. Como “Siete veces adiós” pero con un referente cultural de por medio.
Necesito abrazar a esas actrices y a esos actores. Necesito aplaudirle a la gente de los efectos especiales. Necesito hablar con la gente de vestuario porque yo me tengo que vestir así.
Jamás me había pasado en el teatro que yo conectara a este nivel con algo. Bueno, sí. Me pasó en 2006. Como a todas y como a todos con “Hoy no me puedo levantar”. ¿Se acuerda?
¿Ahora entiende cuando le digo que no existe nada más importante, hermoso y desgarrador que “20 años después”? Ellas y ellos lo hicieron para darnos las gracias. Yo desde acá les digo lo mismo: ¡Gracias!