Ayer martes 10 de marzo Netflix volvió a estrenar una de esas obras maestras que sólo Netflix puede estrenar. En serio.
Me refiero a la segunda temporada de la serie “One Piece”. La vi toda de un tirón. Así: como TVadicto.
Seré breve. Para los que no saben de esto: “One Piece” es la versión, en serie con actores de carne y hueso, de una legendaria animación japonesa que trata de piratas, de aventuras.
Así de simple, así de complejo. No sabe usted qué experiencia tan más completa porque tiene acción, humor, emociones y muchos, muchísimos de esos valores que tanto le admiramos al pueblo japonés.
Para los que sí saben: no hay nada más sagrado para quienes amamos el ánime que el ánime.
Entiendo y respeto cualquier controversia que pudiera surgir por el simple hecho de que alguien se haya atrevido a meterse con esto.
Pero Netflix, al sacar “One Piece” del mundo del ánime, está volviendo universal algo que antes sólo era de nicho y está convocando a más y mejores audiencias a que acudan al ánime.
Y, por supuesto, a que vayan a todo lo demás que se hizo antes alrededor de este concepto como el manga y las películas. “One Piece, la serie” es ganar-ganar.
¿Por qué hay que ver “One Piece”? Se la voy a voltear: ¿Por qué no habría que verla?
Por error, por no querer ver lo que están viendo todos, por querer perder el tiempo en odios, por querer embrutecerse picándole a una pantalla peligrosa y sin sentido.
Le voy a contar cosas personales. Perdón: Cuando estaba mirando los capítulos de la segunda temporada de “Once Piece” me dio un ataque de llanto.
Yo sé que usted pertenece a otra generación y que tiene una vida privilegiada. Mi mundo nunca fue así.
Cuando me atreví a hablar de “One Piece”, la animación, cuando llegó a México, un jefe, de esos que no saben nada pero bien que joden, me atacó.
Primero me insultó porque, claro, como yo era “el de espectáculos”, era el tonto de la familia. Y después me regañó por meterme con estos contenidos que “no ve nadie”, que “a nadie le importan” y que promueven “el satanismo”.
Después se puso peor. Cuando pude, metí “Once Piece” en mis programas de televisión y otro jefe, muy guapo pero muy imbécil, me llamó la atención, decepcionadísimo, por hablar de cultura pop japonesa en lugar de hablar de noticias.
Hoy, “One Piece” es uno de los más grandes, poderosos e influyentes referentes culturales del mundo entero. Y esos “jefecitos”, no son nadie. Nunca fueron nadie. Valió la pena defender esto.
¿Qué tiene de especial “Once Piece”? Que Eiichiro Oda, el autor de esta obra de arte, con una maestría digna de los más grandes poetas de la historia de la humanidad, nos supo retratar.
En el futuro, cuando alguien nos quiera estudiar, acudirá a “Once Piece” para entender quiénes éramos, cuáles eran nuestros sueños, cuáles era nuestros valores.
Como “Los Simpson” pero elevado a la ene potencia, en un contexto 100 por ciento simbólico y desde Japón para el mundo entero.
“Once Piece” nos habla de lo social, de que todas y todos valemos sin importar nuestras limitaciones, de que sólo trabajando en equipo vamos a poder salir adelante.
“Once Piece” es una oda a la competitividad, a nuestros ancestros, a la fraternidad, a la belleza, al respeto. Y es emocionante. Y es chistosa. Y es entretenida.
Cuando llegué al final de esta temporada dos de la serie con actores de carne y hueso, no podía parar de gritar.
Sorpresa uno, sorpresa dos, sorpresa tres. Y luego el momento desgarrador. Y luego el momento exquisito. Y el remate. ¡Qué remate!
Además, me llena de orgullo ver al mexicanísimo Iñaki Godoy de “MexZombies” protagonizando este cañonazo global de Netflix, uniendo a México con Japón.
Si me acepta un consejo: no pierda detalle a la hora de los efectos especiales y mándele una felicitación a todas las actrices y a todos los actores de doblaje que trabajaron esto para nuestro idioma porque lo hicieron maravillosamente.
Deje de hacer cualquier cosa que esté haciendo y luche con todas sus fuerzas por ver “Once Piece” en Netflix. Le va a gustar. De veras que sí. ¡Y que vivan las animaciones japonesas!