Me equivoqué. Yo pensé que México Canta, después de lo que hizo en Estados Unidos, no se podía poner mejor.
Pues qué estúpido fui. Se puso mil veces mejor. ¡Mil! Y ahora sí, hasta lloré.
El nivel de humanidad de esto no tiene perdón de Dios de tan alto.
¿De qué le estoy hablando? De la segunda semifinal de la edición 2026 del más alucinante festival musical multicultural de toda la historia del espectáculo nacional.
Y lo llamo así, multicultural, porque ya me quedó claro que esto va más allá de México y Estados Unidos. Esto une regiones, ritmos, identidades. Es demasiado mágico para ser cierto.
Obviamente yo ya sigo el álbum “México Canta. Semifinal México” en Spotify. ¡Usted qué cree! Me quiero aprender todas esas canciones para cuando llegue la gran final en el Auditorio Nacional.
¿Cuál es la nota? La evolución. En la primera semifinal tuvimos una transmisión en vivo desde un legendario teatro de la ciudad de Los Ángeles.
Aquello fue particularmente desgarrador porque, la verdad, casi nunca le entregamos las cámaras y los micrófonos de los medios de nuestro país a las mexicanas y a los mexicanos que viven más allá de nuestras fronteras.
Fue hermoso descubrir a toda esa gente tan buena, tan talentosa, tan llena de valores y tan trabajadora.
El domingo 30 de agosto, la transmisión en vivo de la semifinal de México Canta fue desde el Teatro Ángela Peralta en Mazatlán, Sinaloa.
¡Dios de mi vida! ¡Qué cosa tan más bonita! Volvemos a lo mismo: nuestros grandes medios nacionales casi nunca andan por allá.
No doy crédito del tamaño de potencia musical que es Sinaloa, de todo lo que aprendí, de todo lo que crecí.
Sí hubo una evolución respecto a la primera semifinal pero no sólo a nivel televisión. Fue muy fuerte el encuentro con una nueva generación de compositoras, de compositores y de cantantes ya no de Estados Unidos. ¡De México!
Fue un golpe al alma escuchar a esas mujeres utilizando palabras otrora prohibidas como “chingón” como parte de una canción que empodera.
Fue tremendo ver a la chica de Yucatán, en Sinaloa, conquistando a las audiencias cantándoles en maya.
Pero cuando llegamos al muchacho que cantaba en los camiones, ahí sí me desarmé y no pude más. Lloré.
Lloré porque cantó precioso, porque la canción me llegó pero, sobre todo, porque yo, como usted, mil y un veces me he topado con talentos así en el transporte público.
A veces, ni siquiera les damos un peso. ¿Sabe usted lo que debió haber significado para ese joven padre de familia pasar de los camiones a la televisión abierta pública nacional e internacional?
¿Se imagina usted todo lo que pasó por su corazón mientras cantaba? Porque, ojo, México Canta no es un “reality show” sensacionalista. Es una propuesta de talento.
Tener una historia de ese tamaño, en un contexto de talento, no es cualquier cosa. ¡Bravo!
¿Y qué me dice de mi paisana de Nuevo León? Eso es drama, no tonterías. Si yo fuera productor, ya le estaría diseñando su propio programa.
Hoy que las cosas están tan mal cuando hablamos de contenidos en medios tradicionales, México Canta no es sólo el cambio de narrativas que propuso Claudia Sheinbaum.
Es un recordatorio de lo que fue, es y será la verdadera televisión.
Por algo las y los participantes, al final, se dieron el abrazo de hermanas y hermanos que se dieron sin importar quienes van a ir a la final y quienes, no.
Por algo una estrella como Majo Aguilar recibió con tanto amor, en igualdad de condiciones, a Natalia, su compañera locutora que antes no salía a cuadro.
Por algo tantísimas personas votamos como votamos.
Luche con todas sus fuerzas por ser parte de esto. Siga a los talentos emergentes en Spotify. Mírelo aunque sea en YouTube. Le va a gustar. De veras que sí.