En tres meses cumplo 40 años de periodista y le quiero hacer un regalo.
¿Por qué? Porque yo trabajo para usted, porque le estoy profundamente agradecido.
Pero no sé qué regalarle. Podría ser un libro, un documental, una serie, un ciclo de conferencias, un foro, un podcast.
¿Qué le gustaría? Yo lo que quiero es que sienta mi cariño, que sea algo útil, que le sirva.
Son muchas las cosas que hemos visto, que hemos vivido, que han cambiado desde aquel 22 de enero de 1987.
En aquel entonces, la televisión era un aparato, un ritual, un poder. Hoy es una abstracción, un algoritmo, una entidad inabarcable.
Cuando empecé a escribir, la televisión nos unía. Todas y todos veíamos lo mismo.
Hoy ni siquiera utilizamos la palabra televisión. La sentimos muerta, vieja, obsoleta. Nos da vergüenza.
Pero esto es una fuerza mil veces más poderosa que la de antes, un monstruo que se comió a la radio, al cine, al teatro, al deporte y a la política, y que se tomó tan en serio aquello de “divide y vencerás” que nos tiene en la polarización perpetua.
Por eso me urge conmemorar estos 40 años. Estoy convencido de que en ellos se ocultan las claves de cosas muy importantes que urge analizar y atender.
Sí, es muy bonita la nostalgia, recordar éxitos, historias y personajes pero también hay que tratar de entender qué fue lo que pasó entre aquel México, potencia creadora de televisión, y éste.
¿Cómo quiere que lo definamos? ¿Cómo el país de los “refritos”, de las nuevas versiones de éxitos de otras naciones o como el maquilador número uno de las plataformas internacionales?
Pasamos del monopolio al duopolio y de ahí directo y sin escalas al multiverso, ¿pero qué me dice de las audiencias?
Antes nos chutábamos todo lo que nos daban. Ahora nosotras y nosotros, de una manera u otra, somos la televisión. No sólo participamos, creamos.
Si no me cree, échele un ojo a TikTok, YouTube, Instagram y todo eso que no existía, ni en sueños, en enero de 1987.
¿A usted qué le da más miedo de estos 40 años: la autocensura disfrazada de corrección política, la falta de un modelo de negocios que reditúe tanto como el que había antes o el analfabetismo funcional por diseño?
Tener a la gente tonta, es lo de hoy. No es una falta de respeto. No es una apreciación personal.
En este 2026 tenemos ya una generación incapaz de concentrarse en algo que dure más de 90 segundos, incapaz de ver algo completo, con cero tolerancia a la frustración.
Son mujeres y hombres educados en un ecosistema mediático y digital que les ha hecho creer que siempre van a tener la razón, que siempre van a ganar, que siempre tienen que ganar.
Así: tienen. Sin importar si lo hacen a la buena, a la mala, con mentiras o con violencia. ¡Gracias, algoritmos! ¡Nunca cambien!
Si cuando publiqué mis primeras columnas ser crítico era una profesión incómoda, hoy, quienes nos dedicamos a esto, somos el enemigo a vencer.
Le arruinamos la fiesta a intereses cada vez más grandes, le caemos muy mal a los bots y nos bajan, nos castigan y nos funean especialmente cuando elogiamos.
Como alabar mata el conflicto, que es lo que más aprecian los algoritmos, cuando uno reconoce lo que está bien es por corrupción, porque uno es un vendido, porque no se puede, porque no se debe hablar bien de nada. Punto.
Y todavía no le menciono los grandes temas que van de la mano con todo esto. Desde los políticos hasta los comerciales pasando por los tecnológicos, los legales y los sociales.
Cuando decidí dedicarle mi vida a la crítica estábamos en el sexenio de Miguel de la Madrid. ¡Imagínese!
Ya pasaron Salinas de Gortari, Zedillo, Fox, Calderón, Peña Nieto y López Obrador. Tenemos a la primera mujer presidenta de la historia de México.
¡Esto ha sido un viajezote, no tonterías! ¿Qué le gustaría que hiciera para celebrar mis 40 años de periodista?
Espero sus respuestas de aquí al 24 de octubre en mi redes sociales. Es en serio. Soy @alvarocuevatv. ¡Gracias!