No puedo creer que exista “Travesuras de la niña mala”, la nueva serie de VIX+. ¿Por qué? Porque los derechos de este libro son la cosa más peleada del mundo.
Sí es un honor que en medio de tantas ofertas de tantísimas plataformas, Mario Vargas Llosa, el Premio Nobel de Literatura, haya decidido entregarle esto a VIX+.
Pero es un honor todavía más grande ver los resultados. “Travesuras de la niña mala” es una cachetadas con guante blanco para las audiencias malinchistas.
Y tiene algo que a mí me enloquece: está hecha por gente que viene del mundo de las telenovelas, de títulos como “Los ricos también lloran” y “Si nos dejan”.
Para que todas esas personas que se las dan de muy finas vean que la belleza está en los ojos de quien mira. Para que entiendan, de una buena vez por todas, cuál es el camino.
“Travesuras de la niña mala” es un monumento de texto que cuenta una muy peculiar historia de amor tóxico entre una mujer que todo el tiempo está evolucionando y un hombre que se niega a cambiar.
A mí me fascina porque hay un inteligentísimo juego de valores y porque paralelamente tenemos una serie muy llena de historia, de política.
¿Qué tan mala es la niña mala? ¿Qué tan bueno es el niño bueno? ¿Qué era ser malo y qué era ser bueno antes? ¿Qué es ser bueno y ser malo hoy? ¿A qué le podemos llamar travesura y qué, supervivencia?
Y vamos de los años 50 a los 60, y de los 60 a los 70, y ya no le digo más porque no le quiero echar a perder la experiencia.
No es común ver esto cuando hablamos de series mexicanas y menos si incluimos personajes que viajan por Perú, París, Cuba, Londres y por muchos otros espacios más.
Sí, es una superproducción de época que hasta hace muy poco hubiera sido imposible que llegara a nuestros dispositivos por el tema de la supervisión de contenidos.
“Travesuras de la niña mala” dice cosas que nunca se habían dicho ni en televisión ni en “streaming” sobre las guerrillas, las revoluciones y las izquierdas.
Es una bomba donde lo sexual embona con lo ideológico, donde la nostalgia nos ayuda a entender el presente, nuestro presente mexicano y latinoamericano, donde los actores se dan gusto haciendo cosas que jamás hubieran hecho en alguna otra parte.
Macarena Achaga, la famosísima estrella de “Juliantina”, “Luis Miguel, la serie” y “El padre de la novia”, no está haciendo el papel de su vida. ¡Está haciendo los papeles de su vida! Así. En plural.
Y es que su personaje no es uno. Son muchos. De repente habla con un acento, y luego con otro, y más adelante otro más. Su psicología cambia capítulo con capítulo.
Es enorme, pero no menos que lo que figuras como Juan Pablo Di Pace (“Mamma Mía!, la película”), Rowi Prieto (“Aj Zombies”), Javier Dulzaides (“Al fondo hay sitio”), Mónica Guzmán (“C.S.I.”) y Mariana Flores (“Living with Strangers”).
Si se da cuenta, no estamos hablando de un reparto convencional. Aquí hay puro talento panregional, con el acento puesto en actrices y en actores que han triunfado en Estados Unidos porque, al parecer, el objetivo es unir al continente y catapultarlo más allá en perfecta concordancia con la novela de Vargas Llosa.
Si yo fuera peruano, estaría flotando de felicidad. Pero si fuera Argentino, también. Y como mexicano, vuelo porque a las locaciones internacionales se le suman muchos espacios y muchos referentes culturales, muy nuestros, que crean algo precioso.
Ni caso tiene hablar de la dirección de escena, de la fotografía, del vestuario. Aquí tenemos eso que tanto hemos pedido: una historia diferente, emocionante e inteligente. Un reparto internacional, gente de primera.
Y una producción estupenda que no pretende copiar los esquemas hollywoodenses, que honra lo más sagrado del cine iberoamericano.
Luche por ver “Travesura de la niña mala” en VIX+. Le va a gustar. De veras que sí.
Álvaro Cueva
alvaro.cueva@milenio.com