2021 es el año que no existió, una prolongación de 2020, un período monstruoso que muchos quisiéramos olvidar.
¿Por qué? Primero, por las ausencias. Por las personas que se fueron. Por los trabajos que perdimos. Por las deudas. Por los problemas. Por la rabia. Por el dolor.
Segundo, porque contrariamente a esa solidaridad que tantos presumimos, a esos valores familiares que amamos enarbolar y a esa grandeza nacional que nos encanta pregonar, enseñamos el cobre.
2021 sacó lo peor de nosotros. La maldad que llevábamos dentro salió a flote expresándose con el peor de los egoísmos, con la más estúpida de las arrogancias y con la más sanguinaria de las violencias.
Nos decían que nos cuidáramos de la pandemia y hacíamos todo lo posible por romper las reglas, por salir a la calle, por organizar festejos. ¡Al fin y al cabo que eso sólo le pasa a los demás!
Nos pedían que nos vacunáramos y no lo hacíamos, hablábamos mal de las vacunas, sembrábamos el miedo, insultábamos a los científicos, nos dejábamos contagiar y propagábamos la enfermedad con lujo de irresponsabilidad. ¡Nos sentíamos tan superiores!
Nos avisaban con tiempo que se acercaba una variante del virus y en lugar de encerrarnos, salíamos de nuestras casas con más ganas. En lugar de protegernos, nos exponíamos con entusiasmo, con cinismo.
¡Claro! ¡Siempre íbamos a ser más listos que el COVID! ¡Siempre íbamos a saber el momento exacto en que debíamos cerrar la puerta!
No aprendimos nada y esto aplica desde lo más alto de la cúpula política, empresarial y social de nuestro país hasta la persona más humilde, hasta la más ignorante.
Siempre había un pretexto para contradecir a las autoridades: que si estábamos hartos del encierro, que si necesitábamos dinero, que si teníamos que ir a ver nuestras familias, que si ya estábamos vacunados.
Por supuesto, nosotros siempre sabíamos más que los médicos, que los voceros y que los políticos. Obvio, estábamos por encima de la infodemia y de los intereses de unos cuantos. Éramos superiores.
Seguramente por eso en este 2021 nos dejaron de importar las cifras de los muertos y el volumen de los contagios. Perdimos la sensibilidad para esto, pero nos volvimos hipersensibles para lo que nos convenía.Cuidado y alguien se atreviera a no utilizar el lenguaje inclusivo para hablar de “todes” por igual porque entonces sí salimos a matar, a destruir, a golpear.
Nuestro vocabulario reflejó con perfecta claridad esa vergüenza en la que nos convertimos.
¿De casualidad usted escuchó la radio, vio la televisión o navegó por las redes sociales en los últimos doce meses?
Pedíamos respeto, pero éramos chingones, pendejas, mamones.
Estábamos en contra de la violencia de género, pero nos bajábamos a golpear al del carro de adelante, le gritábamos a la cajera de la tienda y nos desquitábamos con el presidente, con los consejeros del INE y hasta con el policía que nos cuidaba.
Dios bendijo a los que se hacían justicia con sus propias manos, a los que le robaban al gobierno y a los que se salía con la suya porque ellos, en 2021, nos representaron.
Fuimos eso: odio, egoísmo, vanidad, desenfreno.
¿Qué va a decir la historia de nosotros después de este año? Nada bueno. Se lo garantizo. ¿O usted qué opina?
POR: Álvaro Cueva