Yo no sé cómo sea en otras partes del mundo, pero en México, ser periodista, está de la chingada.
Y no importa si te dedicas a cubrir política, espectáculos o deportes, nadie te respeta.
Tus fuentes no sólo te niegan la información, te atacan, te amenazan, te maltratan, te faltan al respeto.
Tus audiencias ni siquiera te leen, te miran o te escuchan, pero te contestan, te insultan, te calumnian, te acosan.
Tus compañeros no saben nada de ti, pero son los primeros en meterte en problemas, en ofenderte, en robarte, en darte la espalda.
Y ni hablemos de la parte laboral porque entonces sí lloramos.
Para muchas instancias esto no es un trabajo, no merece ser pagado, lo haces porque te gusta, te pagan con la fama que te dan los medios, te obligan a vender, a venderte.
Sí, todo el mundo está muy ofendido porque el presidente habla mal de quienes lo atacan, ¿pero por qué no se ofenden por lo demás?
¿Por qué no se enfurecen cuando las fuentes nos utilizan de publicistas? ¿Por qué no se enojan cuando los influencers nos quitan nuestra posición en la industria?
¿Por qué no protestan ante la ausencia de oportunidades bien pagadas para las nuevas generaciones? ¿Por qué no hacen escándalo por el patético estancamiento profesional en que vivimos?
Es un tanto penoso ver lo que están haciendo muchas estrellas del periodismo, a quienes amo profundamente, porque hay un punto en que parece más que se están defendiendo entre ellas, en lugar de defender al periodismo.
Tal parece que si quitáramos al elemento Andrés Manuel López Obrador de la ecuación, todo estaría bien. Y, perdón, pero esto lleva muchos años de no estar bien.
Y no hablo sólo de los muertos ni de los que han sobrevivido a diferentes tipos de atentados, a quienes un montón de figuras utilizan de estandarte para hacerse los mártires y promoverse.
Hablo de las agendas, de los intercambios de favores, del sensacionalismo, del protagonismo, de los arrogantes, de los charlatanes, de los holgazanes, de los comediantes, de los modelos.
¿Con qué cara pedimos respeto si somos los más groseros? ¿Cómo aspiramos a un trato justo si no somos imparciales? ¿Cómo queremos paz si nos la pasamos en la guerra?
Son muchos temas combinados entre sí. Algunos externos. Otros, internos. Yo sólo sé que extraño la competencia, el periodismo de investigación, el fotoperiodismo, las crónicas, las críticas y las entrevistas de más de seis minutos.
Me ofende que me pregunten que cuánto cobro por hacer una entrevista, que la gente piense que cuando uno opina es por órdenes superiores o porque hay dinero de por medio.
Me altera que en las universidades se hable de información, de ética y de valores cuando en el mundo real mandan los “likes”, los “views” y lo viral.
¿Qué va a pasar aquí? Seguramente nada. Aquí nunca pasa nada. Pero no nos demos baños de pureza. En México, ser periodista, siempre ha estado de la chingada. Siempre. Unas clasecitas de historia para los más enojados, por favor.
Yo no sé cómo sea en otras partes del mundo, pero aquí, quienes nos dedicamos a esto, quienes vivimos de esto, somos una especie rara, obcecada, obstinada y paradójicamente solitaria.
Y no hablo sólo de las estrellas. Hablo de los que no salen a cuadro, de los que no cobran, de los que viven lejos de la capital, de los que apenas están empezando, de los que sobrevivieron a algo monstruoso.
¿Por qué le estoy escribiendo esto? ¿Por qué hoy? Porque en la cúspide de la guerra ideológica que estamos padeciendo y a raíz del atentado que sufrió Ciro Gómez Leyva se han dicho muchas estupideces.
Cada quien quiere llevar agua a su molino. Está bien. Lo que no está bien es hacerlo poniendo al periodismo de por medio porque el periodismo es importante, es necesario, cumple con muchas funciones.
No nos confundamos. No nos dejemos llevar por la pasión, por el rencor. Urge volver al respeto. Urge que cada uno de los involucrados en este conflicto recupere su vocación y corrija lo que tenga que corregir. ¿O usted qué opina?
alvaro.cueva@milenio.com