Esto se va a poner muy feo. Quédese hasta el final.
No sé si usted lo sepa pero desde hace años, de lunes a jueves, recomiendo un libro en mi cuenta de Instagram.
Lo hago por el puro placer de hacerlo. Nadie me paga. Me encanta ayudar, sobre todo a los jóvenes que están empezando.
El otro día recomendé un libro de Agustín Laje que me fascinó titulado “Generación idiota, una crítica al adolescentrismo” editado por HarperCollins y ocurrió algo muy peculiar.
Más allá de los típicos comentarios públicos de amor o de odio que mis seguidores suelen poner, un montón, pero un montón verdaderamente grande de personas, me contactó en privado para advertirme que estaba haciendo mal.
¿Por qué? Porque, según ellas, ellos y elles, el señor Laje es un monstruo de ultraderecha que está en contra del socialismo, que se opone al aborto y que odia a los homosexuales.
Yo, en la medida de lo posible, les traté de responder a todos con la verdad: a mí no me corresponde juzgar las posiciones personales de nadie. El libro es bueno.
No porque una persona sienta o piense diferente, yo le tengo que desear la muerte, insultarlo y cancelarlo.
Perdón, hay algo que se llama respeto, algo que se llama madurez y casualmente, ése es el eje de este material.
“Generación idiota” habla de cómo, por diferentes razones, toda la humanidad, sin importar en dónde vivamos, nuestro nivel socioeconómico o la generación a la pertenezcamos, ha hecho de la adolescencia su estilo de vida.
Ahora todas, todos y todes, sentimos, pensamos, exigimos, votamos, nos comportamos, hablamos, nos vestimos, cogemos, consumimos, comemos, bebemos, jugamos, admiramos y nos divertimos como adolescentes.
No como jóvenes. No como jóvenes adultos. Como adolescentes y eso incluye a los niños que desde que pueden, ya se mueven entre contenidos y experiencias de muerte, sexo y violencia.
Piénselo bien. Asómese a la venta, a los medios y muy específicamente a las redes sociales.
¿Por dónde empezamos? ¿Por la epidemia de encuerados, por los bailes ridículos o por los retos estúpidos?
Yo no sé si el libro de Agustín Laje sea el mejor en su especialidad, pero el señor tiene razón en las cosas que dice y todo el tiempo las está justificando con ejemplos aterradoramente cercanos.
Podemos hablar del daño que la farándula le está haciendo a la sociedad actual o de los horrores que la moda está produciendo en millones de personas.
Pero también de cómo ahora es más fácil pedir un venti latte con leche deslactosada light con un extra “shot” de café de temporada servido a 130 grados en un Starbucks que terminar de pronunciar a que archi recontra mega división de la comunidad LGBTTTIQA+ pertenece una persona para convivir con ella sin que se sienta agredida en sus derechos.
Porque ésa es otra. Perdón, pero sí hay un punto, y se menciona en este libro, en que confundimos poses, caprichos y hasta berrinches con derechos humanos y no se vale porque, como sucede con los adolescentes, por andar atendiendo su narcisismo desbordado, luego pasa que las autoridades no pueden responder a otras situaciones “ligeramente” más de todos como lo que pasa con el crimen organizado, los feminicidios y el ataque a periodistas.
A propósito del estado, hay un punto en “Generación idiota” particularmente brillante que tiene que ver con nuevo papel del estado.
No le voy a contar detalles para no arruinarle la experiencia pero Agustín señala que los gobierno de hoy ya ni siquiera son paternalistas. Dice que son como niñeras que sólo triunfan cuando le dicen que sí a todo lo que les piden los adolescentes que están a su cargo.
Yo creo que por eso hay tanta gente tan ofendida. No es nada reconfortante que venga alguien y que diga estas cosas justo hoy cuando todos se ofenden por todo (como buenos adolescentes).
Y menos porque el libro está escrito en un tono rudo, como de “talk show” (a propósito de algunas cosas que también señala), ideal para convertirse en el “best seller” de la temporada.
Ojalá que algún día se me haga entrevistar a este hombre porque aquí está pasando algo y no veo que alguien más esté publicando un libro así de bueno, así de directo, que diga lo contrario. ¿O usted qué opina?
Álvaro Cueva
alvaro.cueva@milenio.com