Los mexicanos tenemos un problema: no sabemos ser felices. Como toda nuestra cultura gira alrededor de la muerte, del dolor y de la violencia, nomás comenzamos a sentir la más mínima satisfacción, enloquecemos.
No sabemos procesar la alegría. No entendemos el triunfo. Tenemos que agarrarnos a golpes, molestar, destruir.
Y como estamos en guerra ideológica, pues peor.
La única verdad es que, desde tiempos ancestrales, nos vendieron la idea de que éramos unos campeones sin corona. Nos prepararon para el fracaso, para ser las víctimas, para sufrir.
¡Nos educaron hasta para encontrarle el lado romántico a la pobreza!
Cada pueblo tiene su imaginario colectivo. En el nuestro, somos los conquistados, los vencidos, los oprimidos.
Y como nos dijeron que nuestra vocación era ésa, lo cual es inaceptable para cualquier nación con la más mínima dignidad, nos fuimos llenando de odio, de rencor.
Por eso mismo, aquí, como en pocas partes del mundo, ser rico está mal. En la mente del pueblo de México, los ricos no se hicieron ricos por buenos, por trabajadores o por inteligentes.
¡No! Son ricos porque llegaron de fuera, porque son güeros, por ladrones, por abusivos, por prepotentes.
¿Entonces ser pobre es lo mejor? Por supuesto que no, pero como nadie nos preparó para el éxito y había que hacer algo para sobrevivir, nos empoderamos a balazos, violando la ley, con humor, con ardor, con groserías.
No sé si usted, como yo, tuvo oportunidad de ver los contenidos que nuestros medios y nuestras plataformas hicieron antes y en la primera etapa de este evento deportivo innombrable.
Había algo que todas las mexicanas y que todos los mexicanos repetían una y otra vez tanto en las mesas de opinión como en los sondeos callejeros.
Palabras más, palabras menos, era una especie de mantra que decía: “las cosas están tan mal en este pobre país que ojalá que le vaya bien a la Selección para ver si así encontramos un poquito de felicidad”.
¿Se da cuenta de lo que le estoy diciendo? México piensa que es un país pobre. México piensa que su realidad es la peor de todas. México depositó en su Selección Nacional su estabilidad emocional.
Obviamente si nuestra educación, nuestros medios y nuestras redes nos lavaron el cerebro hasta llegar a esto, ¿qué esperaban nuestras autoridades, nuestros líderes de opinión y usted que sucediera si nuestro equipo comenzaba a ganar?
Lo que pasó: estallamos. Somos como esos perros regañados, golpeados y mal alimentados a los que les abren la puerta un día y salen disparados a la calle hasta que los atropellan.
No sabemos qué hacer con el triunfo. Durante mil y un torneos nos enseñaron que cuando un equipo ganaba tenía que volverse arrogante.
México empezó a ganar y, como era lógico, al grito de “¡Ódiame más!” le comenzamos a faltar al respeto a nuestros rivales.
¿Cuántas historias de imperdonable altanería no ha visto usted de mexicanas finísimas, de mexicanos riquísimos, atacando gente en los estadios, faltándole al respeto a la prensa internacional o publicando memes de muy mal gusto en sus redes sociales?
E igual, nos dijeron que estaba bien que cerráramos las calles, que pintarrajeáramos los monumentos, que incendiáramos el mobiliario urbano, que bañáramos con gases y con espumas a quien quisiéramos y que golpeáramos a los policías.
Nos señalaron que era nuestro derecho. Que nada ni nadie nos iba a reprimir.
¿Como por qué iba a estar mal que hiciéramos cosas mil veces más catárticas para celebrar la victoria de la Selección Nacional en la vía pública? ¿Pues no que era nuestro derecho?
¿O qué, cuando se trata de la FIFA perdemos nuestras libertades?
No me vengan ahora los líderes de opinión con el cuento de “¡Qué barbaridad! ¡Autoridades incompetentes!” cuando durante años nos inculcaron que la insolencia era el premio de la victoria. Asuman su responsabilidad.
No me vengan ahora los políticos con el cuento de “¡Pórtense bien!” cuando durante años nos infundieron el valor para hacer esto y más, mucho más. Asuman su responsabilidad.
Sólo falta que nos vengan ahora con la historia de que “un extraño enemigo” está filtrando “grupos de choque” en los festejos para desestabilizar al país.
¡Qué cómodo! Volvemos a lo mismo: siempre hay un villano. Siempre somos las víctimas.
¿Quién mató a las cuatro personas que perdieron la vida celebrando el triunfo de la Selección Nacional la noche del 30 de junio? Todas y todos. No sólo los líderes de opinión. No sólo los políticos.
Todas y todos. Todas y todos las y los que alguna vez hemos celebrado una agresión. Todas y todos las y los que alguna vez hemos confundido fiesta con desmadre. No nos hagamos tontas. No nos hagamos tontos.
Esas imágenes que se supone que son muy bonitas porque le mandan al mundo el mensaje de que las pachangas en México son maravillosas, en realidad son penosas.
Hablan de un pueblo que no se conoce, que ha vivido permanentemente engañado y que se asume tan, tan, pero tan fracasado que cuando su Selección gana un partido de futbol pierde el control hasta la muerte.
¿Cuál es la nota? Que urge un cambio en nuestras narrativas.
Debemos asumir que vivimos en un gran país, que nuestra realidad no es una porquería, que hay gente buena y gente mala tanto entre los ricos como entre los pobres y, lo más urgente de todo, que está bien ganar.
Que se puede ganar estrechando la mano de los oponentes, que se puede ascender sin ser engreído, que se puede ser feliz sin tener que golpear, sin tener que molestar, sin tener que destruir.
México necesita reconocerse victorioso, normalizar el éxito y aprender a manejar la felicidad. ¿O usted qué opina?