Bola de acarreados

Ciudad de México /

Un triangulito de Boing de tamarindo y una torta envuelta en servilleta. Así se contrataba a los acarreados de antes, aunque los que acudían sabían que eso no se podía decir. ¡Ni Dios ni el Partido lo manden! Aun y cuando el Boing hubiera tocado de mango —que era el más rico—, uno tenía que decir que iba por la propuesta y por el candidato (acuérdate del nombre, acuérdate del nombre, acuérdate del nombre del famoso candidato). Lo cierto es que el pago o la consecuencia por no asistir han variado. Ahora ya se cobran hasta con los sueldos y los apoyos, lo cual resulta tan atemorizante, que se ha convertido en un tema de sobrevivencia. Por eso hay tanto grito en los eventos —de alegría, por supuesto—. 

Se acarrea para todo, de toda la vida y en todas partes del mundo. Desde la gente que llevan a la casilla para asegurar que voten por el partido, hasta para hacer una protesta afuera del instituto independiente en turno o para hacer bola en el evento del candidato elegido. Y es esta última la que resulta fascinante: la de hacer bola. 

Nos gusta la bola. Acercarnos a ver qué es eso que está haciendo la bola. Y que conste que no tiene nada que ver con “la masa”, esa ya tan bien analizada, entre otros por Elías Canetti, que dejó de manera tácita una característica ineludible: la masa es espontánea, gratuita. La bola no. 

La bola es mexicana. Usada desde el siglo XIX, la bola se hizo famosa a partir de la Revolución. Retratada en “Los de Abajo”, así como en otras novelas, la bola estaba conformada por aquellos que no sabían bien a bien a qué iban, pero que entre los héroes y revolucionarios encontraban una forma de vida al filo de la muerte, siguiendo a uno u otro caudillo por igual. 

De ahí que esta semana cuando Marcelo Ebrard le reclamó a su partido, Morena, por los ilegales “acarreos monumentales” que Claudia está haciendo en sus eventos (a los que había que agregar los de Adán Augusto y los de Manuel Velasco), no había otra opción más que pensar en la bola.  

Nuestra bola de acarreados es una bola de propaganda. Una bola de extras como esos que se usan en el cine. Lejos de estar ahí tan solo para hacer bola, están ahí para que nosotros veamos la bola. Puestos ahí para nosotros, los que miramos el evento o la escena. Una bola dispuesta para que nos la creamos.  

Y es que, cuanto más grande la bola, mayor es la sensación de veracidad. Si la gente está haciendo bola alrededor de esta o de aquel, esa debe de ser la buena o el bueno, esperan que pensemos. Desde siempre ha sido así, a la gente le gusta estar con los ganadores, por eso, aunque no lo sean, los hacen lucir como si lo fueran.  

Sin embargo, eso no es todo, la bola tiene otra atractiva característica que sirve tanto al partido que la contrata como a los que la miran. La bola es democrática.

Es decir, la bola de acarreados está puesta ahí para entusiasmarnos, para animarnos a ir a votar. Para que el partido gane con nuestro voto y, para que encima, nos sintamos parte de esa gran bola de ganadores y, por lo mismo, demócratas.

No hay remedio, acarreados nosotros, pero ellos: bola de lo que a usted mejor le parezca. 

  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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