Disculpe la falta de diplomacia en este texto, pero lo cierto es que el derecho internacional no fue lo que falló en Venezuela. Eso ya había fallado hace mucho tiempo. Lo que ahora faltó fue la diplomacia para disimularlo. No hubo derecho, pero tampoco la coreografía que hacía parecer que si existía. Se dejó de fingir. No vimos una violación de las reglas, sino algo mucho peor: la confirmación de que las reglas solo existen cuando conviene respetarlas. La certeza de que la ley no se rompe, se ignora.
Sonó la campana, el bully bajó al recreo y ahí, a la vista de todos, tomó de los pelos al chavismo y desde entonces lo arrastra de los pelos por el patio. No lo va a soltar, se los va a arrancar. Basta ver la foto de ingreso al penal de Brooklyn para constatar que Maduro ya perdió la cabellera y hasta el bigote.
“No necesito el derecho internacional —dijo con absoluta convicción Donald Trump—. Mi moral es mi propia mente, es lo único que puede detenerme”. La frase no es un exceso, tampoco una bravata. Es una confesión de método. La versión armada del “no me vengan con que la ley es la ley”. Es decir, lo que hacen todos los que pueden hacerlo. La evidencia de que las reglas se respetan cuando sirven y se ignoran cuando estorban. Lo que ya sabíamos, pero con la diferencia que aquí a nadie le interesa sonreír o darnos una explicación. Más allá de la política real, algo que podríamos llamar política cruda: el poder ejercido sin cocción, sin retórica cocinada a fuego lento y sin paciencia.
Sin embargo, seamos honestos ¿acaso Maduro no hizo lo mismo durante años? Lo que le dio la gana: fraude, ejecuciones extrajudiciales, torturas, detenciones arbitrarias, saqueo. Todo documentado por la ONU. ¿Y qué pasó? Nada. Porque mientras los países amigos pedían respeto a la soberanía ( ¿soberanía para ejecutar y robar?), se oponían a la injerencia. Lo curioso es que ahora que es al revés, piden la intervención y quienes hablaban de legalidad, descubren la fuerza. Entonces ¿sí o no? o ¿depende?
Dos cosas quedan claras. Primero, el derecho internacional es, por definición, injerencista. Opina, documenta, señala y juzga. ¿Estamos dispuestos a aceptarlo o no? Y segundo, si lo aceptamos, hagamos que tenga consecuencias. Mientras estas dos cosas no estén resueltas, será tan solo filosofía.
Lo cierto es que Venezuela no marca el colapso del orden internacional. Marca algo peor: la normalización de su irrelevancia.
Y, aún así, los que dicen que en Venezuela no ha pasado nada todavía porque los chavistas siguen ahí, se equivocan. Ha pasado algo insólito. No quitaron al chavismo, pero los traen agarrados de los pelos y eso es nuevo. Eso nunca lo habíamos visto.
Tampoco lo habían visto Ortega en Nicaragua que ya empezó a soltar presos políticos ni Petro en Colombia que anda haciéndose el simpático ni Díaz Canel en Cuba que está entre la culpa y el miedo ni los viejos ideólogos morenistas de nuestro país que andan convocando a marchas que más bien parece fanfarronería estudiantil.
Está pasando mucho, muy rápido y vamos sin freno.