Dentro de la cabeza de Rocha

Ciudad de México /
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Si yo fuera Rocha Moya, en este momento me serviría un trago y me sentaría en el mejor sillón de la casa, ese que mira hacia la ventana. Me quitaría los zapatos, me quedaría en calcetines, subiría los pies al taburete y pensaría: ahora por lo menos, ya sé en dónde estoy parado. Ya nadie puede hacerme  güey. Cerraría los ojos y escucharía otra vez el grito aquel del “no estás solo” que me hizo tanto bien. Y, de pronto, una sonrisa inesperada me obligaría a abrirlos. ¿No estás solo? —me preguntaría a mismo— Hijos de la chingada. Ahora ya sé. Treinta y cuatro horas bastaron para que todos salieran corriendo y me dejarán más solo que nunca.

A pesar de todo — me diría— ahora ya sé cuánto pesan las lealtadas y hasta dónde alcanza eso de llamarse hermano cuando los gringos se encabronan. Le daría un largo sorbo al trago y miraría por la ventana. Probaría con lentes y sin lentes para ver  hoy con mis 77 años, hasta dónde me alcanza la mirada. Muchos dicen que cada vez menos, que en el fondo uno solo ve lo que quiere ver, manchones borrosos. Pero no —pensaría— ahora veo mejor. Clarito, clarito. Hasta a esos que ahora están tan lejos, les podría ver los gestos de pena que ponen para que yo los vea, mientras me dicen: “Entiende, Rubén”. “Tú entiendes ¿verdad?”

Cuando llegó la petición de detención de los gringos para extraditarme me dijeron: “No te preocupes, Rubén. No estás solo. Somos uno. Te vamos a proteger”. Y confié. ¿Cómo no? Si así le habíamos hecho siempre.

Pedir licencia no me gustó. Pero había que aguantar. Esperar. Confiar.

Respiré cuando escuché a Claudia decir que México no entregaría a nadie sin pruebas. Después llegó esa palabra magnífica: soberanía. Yo ya no era solo Rubén Rocha. Era el símbolo de la soberanía mexicana.

Iba bien, muy bien. Hasta que las cosas se empezaron a descomponer. 

En ese instante me levantaría y me serviría otro trago. Regresaría al sillón. Se estaría haciendo tarde. Pensaría primero en Gerardo Mérida, mi secretario de Seguridad que se entregó a Estados Unidos. Seguro ya habría hablado y negociado. ¡Ay, Mérida!, ¿qué les dijiste a los pinches gringos? Después, en Fausto Corrales. El testigo del secuestro del Mayo. El testigo del montaje de la muerte de Cuén. Ese día en que yo debía estar ahí y no fui. ¿Qué irá a decir?  Me dio miedo. Fue entonces que pensé en regresar. Protegerme. Recuperar el fuero. Y lo hice.

Quién iba a pensar que un par de días antes le iban a quitar la visa a Andy.

 ¡Ay, Rubén!—me diría—los gringos les deben haber dado a escoger ¿a quién crees que eligieron? Andrés puede llamarte hermano. Podemos abrazarnos y decir que somos familia. Pero familia, familia ¿cuál? ¿Yo? No, Rubén, no seas pendejo. Andy. Tú, no eres nada.

Por eso me exigieron volver a pedir licencia, volver a quedar expuesto. Sin fuero. De decisión soberana, pasé a ser una “decisión personal”. Solo.

Mérida ya tomó su decisión, Corrales tomará la suya y los de arriba, si tienen que salvar a alguien, salvarán a los suyos. A los 77 años uno sabe cuando terminó la partida.

Terminaría de un sorbo lo que queda de mi trago. Me levantaría del sillón, me pondría los zapatos y tomaría el teléfono. Cero, cero, más uno, más el código de Washington.

Todavía queda alguien que negociará por mí. Yo mismo.


  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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