Nos estamos volviendo estúpidos. Que conste que no lo digo yo. Lo dice PISA.
México acaba de quedar en penúltimo lugar entre los países de la OCDE en lectura y ciencias, y antepenúltimo en matemáticas. Siete de cada diez jóvenes mexicanos no alcanzan siquiera el nivel básico en matemáticas. En lectura, apenas la mitad. Estamos reprobados.
Claro que esto lo pudimos haber evitado. Bastaba con no presentarnos al examen, como pidieron algunos sectores magisteriales a López Obrador. O hacer lo que el expresidente sugirió entonces: “Nosotros no los tomamos en cuenta —dijo— porque todos esos parámetros se crearon en la época neoliberal”.
Supongo que así ese 70 por ciento de falla hubiera resultado menos escandaloso. Ya no reprueban matemáticas. Tan solo reprueban matemáticas neoliberales.
Estúpidos, dije. No idiotas, no imbéciles, no necios. Estúpido es el pasmado. Stupidus, de stupere. Aquel que tiene la realidad enfrente y no reacciona. Ese que puede saber, pero se comporta como si no supiera.
A partir de estos resultados lastimosos empezó la discusión sobre todo, menos sobre lo fundamental. Que si PISA mide mal. Que si no se entiende a México. Que si nuestros niños son distintos. Que si seis de las mejores escuelas son públicas. Que si ahora hay más becas. Todo eso puede discutirse, el problema es que los niños siguen sin saber matemáticas.
Piense en el tema de las becas. Sirven para que más niños entren a la escuela y permanezcan en ella. Sirven también para ayudar a sus familias. El tema es que, una vez adentro, con o sin beca, alguien tiene que enseñarles matemáticas. No basta con la beca, ni con las bancas ni con los tabiques con los que se construyó la escuela. Una vez que el niño está sentado en el salón, alguien debe lograr que aprenda.
Afortunadamente la Presidenta fue más prudente. Dijo que aplicar la misma prueba en todos los países tiene limitaciones. Es cierto. Como también es cierto que México lleva años deteriorándose contra sí mismo en lectura y matemáticas, llegando en esta medición a su punto mínimo histórico. Lo alentador es que un par de días después de recibir los resultados, nuestra mandataria anunció un nuevo libro de matemáticas y uno de comprensión lectora para reforzar los limitados libros de texto actuales.
Y aquí viene el dato que duele e indigna. Los estudiantes mexicanos están entre los que más valoran la escuela y muestran mayor disposición al aprendizaje y al esfuerzo, muy por encima de la media de la OCDE.
Indigna porque ellos quieren hacer más. Y nosotros les enseñamos que esforzarse de más no hace falta. Desde 2023 faltar a clases o reprobar materias ya no impide automáticamente avanzar de grado. Este año la Suprema Corte avaló el modelo. Lenia Batres sostuvo que la excelencia educativa no se reduce a asistencias ni a calificaciones.
Quizá no. Pero tampoco se alcanza diciéndole a los niños que da lo mismo.
En nombre de la inclusión, bajamos la exigencia. En nombre de la igualdad, dejamos de distinguir el esfuerzo y, en nombre del bienestar, limitamos a quienes quieren llegar más alto.
Lo cierto es que nuestros niños quieren esforzarse y aprender. Somos nosotros los que insistimos en enseñarles política e ideología.
Estúpidos, dije.