La narrativa de Morena arrodillada

Ciudad de México /

Decir que fue un incidente menor es no entender el peso trágico del acontecimiento. Lo que presenciamos fue una microtragedia en un solo acto: la joven arrodillada limpiándole los zapatos al presidente de la Suprema Corte de Justicia, mientras él no hace siquiera el mínimo gesto de humanidad para detenerla. Una escena tan breve como brutal y no por la rodilla en el suelo, sino por la vuelta simbólica que expone: ella, una mujer de tez clara y pelo rubio, formada en el ITAM —símbolo por excelencia del privilegio liberal— y él, el ministro indígena erigido como emblema del “pueblo”, extendiendo el zapato para ser lustrado. Un intercambio de papeles en donde los personajes encarnaron —sin saberlo— el derrumbe de su propio relato. El colapso de la narrativa oficial. No un escándalo: una tragedia en miniatura.

Durante meses, cada cuestionamiento a la nueva Corte se respondía con la misma coartada moral: racismo y clasismo. Cuando se criticó el anuncio del ministro de abandonar la toga negra —símbolo universal de imparcialidad— para usar trajes indígenas, la Presidenta acusó clasismo y racismo, ignorando la ceguera que los juzgadores deben asumir  frente a cualquier elemento  ajeno a la ley. Si se les cuestionaba haber llegado al cargo por acordeones ilegales y no por méritos, otra vez: clasismo y racismo. Lo mismo cuando tropezaban en sus intervenciones públicas, cuando aceptaban vehículos de lujo para luego rechazarlos por temor al qué dirán, o cuando sus decisiones mostraban un sesgo evidente hacia la 4T: clasismo y racismo era siempre el escudo.

Hasta ese preciso día en que ocurrió la tragedia. (Vuelva a ver la toma, por favor). La cámara ocupa el lugar del destino. Mira desde lo alto sin que ninguno de los personajes descubra que son mirados. Una cámara como narrador omnisciente, como autor de los versos. Un dios sentado en una nube que mira el comportamiento de los humanos, calculando el instante exacto para soltar el rayo que les dejará caer como castigo. Merecida pena por haber apartado su atención de la conmemoración —ese preciso día—,  de la Constitución Mexicana. Carta Magna cuyo primer artículo establece que  todos merecen el mismo trato y que queda prohibida la discriminación y la esclavitud. Máxima Ley cuyo primer protector y defensor es precisamente el ministro presidente.

La narrativa revienta.  La joven blanca y privilegiada, arrodillándose voluntariamente frente al indígena.  Dos pilares del relato se destruyen: Que las élites desprecian al pueblo, porque es ella quien elige arrodillarse y que el obradorismo representa a los humillados, siendo que son ellos quienes reciben el acto de servidumbre y los coloca como élite. La narrativa entonces queda desmontada como herramienta política. Una tragedia.

Y no, no es racismo inverso porque esa es una categoría absurda, no existe. Lo que sí hay es un racismo político inverso. Una especie de licencia simbólica para humillar a los otros bajo la etiqueta del agravio histórico. Dominación simbólica. Discriminación moral a la inversa. Justo los elementos del discurso de la 4T. 

No podrán volver a usar el racismo y el clasismo en el caso del ministro. Herida mortal para el mito político de Morena.

El problema no fue la rodilla en el suelo, sino que la narrativa se arrodilló con ella. 


  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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